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Indolencia ante explotación de mexicanos

7 de agosto de 2008.

Desde Trinidad y Tobago, Ignacio Mendoza Torres lanza un grito de auxilio ante los atropellos que desde hace casi un año han padecido él y otros 10 mexicanos, quienes llegaron a trabajar en labores especializadas de construcción de viviendas en esa isla del Caribe.

En este lapso, los mexicanos no sólo no han contado con un contrato de trabajo que les asegure un horario digno y prestaciones, sino tampoco con el auxilio de la embajada mexicana en la isla.

Hace un par de semanas los despidieron por estar inconformes con el método de trabajo planteado por un jefe de obra, no mexicano, con el que frecuentemente tienen problemas. Acudieron a la representación diplomática, donde les dijeron terminantemente que no podían auxiliarlos ni repatriarlos.

No obstante, éste no ha sido el único momento de desamparo que de su propio país han sentido en tierras trinitarias, pues durante este tiempo el personal de la embajada les ha argumentado que no pueden interceder en su caso porque no cuentan con un contrato de trabajo; tampoco les asesoran legalmente y ni siquiera les han ayudado a interpretar al inglés sus reclamos ante los contratistas.

Ignacio Mendoza ha estado obligado a permanecer en Trinidad y Tobago porque los sueldos son mejores que en México. Les prometieron que les pagarían 850 dólares americanos y les pagan en dólares trinitarios, pero aun así son alrededor de 8 mil 500 pesos a la semana, que no ganarían en su país.

La constructora H.Lewis fue la que los llevó desde México a esa isla con sólo firmar un permiso de internación, pero nunca un contrato formal. Ha pasado un año, en el que los mexicanos han exigido la firma de su contrato, pero no ha habido respuesta por parte de la compañía.

Ignacio Mendoza comenta que hace pocos días les circularon un texto de lo que sería su contrato, en el que no encontraron ningún beneficio para los trabajadores y todos para la compañía, que los hace trabajar hasta muy tarde y sólo cuando hayan “echado el colado”, como se conoce a la técnica de echar la masa de cemento, pueden terminar sus labores.

Además del desdén por parte de las autoridades mexicanas y las horas excesivas de trabajo —incluso bajo la lluvia—, los mexicanos han tenido que aguantar el retraso en sus pagos o remuneración incompleta que nunca recuperan.



Mendoza Torres tiene 38 años de edad y es la segunda vez que experimenta en el mismo lugar malas condiciones de trabajo, pues hace justamente un año formó parte de un grupo de 50 trabajadores repatriados desde Puerto España, en Trinidad y Tobago, quienes denunciaron que los términos laborales y salariales a los que estaban sujetos no correspondían a los ofrecimientos hechos al momento de su contratación.

En ese entonces la embajada visitó de inmediato el sitio de trabajo de los nacionales y los convocó a una reunión en la sede de la representación, donde, con la asesoría de un abogado consultor, se les plantearon los escenarios viables y el alcance de sus derechos de acuerdo con la legislación interna. Hoy no han recibido auxilio de ningún tipo.

No obstante aquella primera desagradable situación, Ignacio regresó a Trinidad y Tobago, pues necesita el empleo y creyó en las promesas de mejores condiciones de trabajo.

Dejó en Cuautitlán Izcalli a su esposa y cinco hijos, a quienes les envía todas sus ganancias. Hoy, Ignacio y los otros mexicanos están en espera de que la compañía defina su situación laboral o de que la embajada mexicana le dé respuesta positiva a su “desesperada” situación, dice.



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