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Bolivia, un país dividido en dos

12 de agosto de 2008.

Empatados y enfrascados en la crisis. Así aparece el gobierno y los prefectos proautonomistas de la Media Luna, el día después de un referéndum que sólo sirvió para mejorar el caudal electoral a un lado y al otro de las trincheras en pugna y ratificar posiciones. Fortalecidos todos, están conscientes de la imposibilidad de vencer al otro en esta puja que desde hace casi dos años tiene al país en vilo.

Los autonomistas fortalecieron sus posiciones en las urnas, pero se muestran estériles a la hora de construir un liderazgo, una alternativa a Morales. “Cualquiera de los prefectos, o bien (Jorge) Tuto Quiroga, no superan el 11% cuando se los mide ante el presidente”, explica el director de una respetada encuestadora local, consultado por EL UNIVERSAL. Así Morales, en la actualidad, no tiene contrincantes.

En el referéndum, además de los prefectos que quedaron en el camino, hubo un elemento novedoso: la forma en que el presidente presentó su triunfo, con cautela y convocando al diálogo. La noche del domingo, el menos racional fue Rubén Costas, prefecto de Santa Cruz, quien con duras críticas al gobierno llamó incluso a crear una policía departamental para avanzar en una autonomía, que hasta aquí carece de legalidad.

El país está tan partido electoralmente como en 2005 pero, a diferencia de entonces, la división ya no es sólo electoral, sino política, regional, económica, social, étnica y hasta cultural. Componentes de un coctel más que peligroso para el futuro inmediato.

Todos, incluso el gobierno, los empresarios y los autonomistas, están convencidos de que el único camino es la negociación, pero no saben cómo llevarlo a cabo.

“La única esperanza de que no ocurra lo peor es que las partes tomen conciencia y acuerden”, explica Jorge Lazarte, un experimentado analista político, quien admite que “el escenario de guerra civil sigue siendo plausible, porque está en boca de todos en Bolivia”.

Pero para llegar a esa hipótesis más dantesca, aún hay un largo camino por recorrer. Muchos se preguntaban ayer cómo plasmar un diálogo para hallar la fórmula que haga converger una nueva Constitución que satisfaga a las bases de Evo —con reelección inclusive— con las autonomías reclamadas desde la pujanza económica del oriente.

Y las respuestas, por ahora, no aparecen. Los analistas coinciden en que sólo la Unión Europea o la ONU, y no la OEA, que goza de un desprestigio en la oposición tan grande como la desconfianza que la Iglesia católica despierta en un sector del gobierno, podrían sentar con mayores chances de éxito a las partes.

De los contrario, si Morales avanza convocando a un referéndum para aprobar la Constitución tan ilegal como las autonomías, que Costas y los demás prefectos quieren plasmar ya, Bolivia caminaría derecho hacia el peor escenario, ese que aquí “está en boca de todos”.



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