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La opinión de:
Edna Lorena Fuerte
El espíritu olímpico

19 de agosto de 2008.

Cuando buscamos remitirnos al sentido más íntimo de las cosas, buscamos en sus orígenes para hallar esa luz inicial que nos dé la comprensión...

Así, al vivir una nueva edición de los Juego Olímpicos, no sobra de ninguna forma, volver al análisis de sus más remotos antecedentes.

De las Olimpiadas en la antigua Grecia se tiene noticia desde casi 800 años antes de Cristo, en la época de esplendor de griego. Los juegos se realizaban en una ceremonia que combinaba el culto religioso a Zeus –padre de los dioses en esta cultura politeísta-, y tenía como hecho paradigmático fundamental la reverencia a las deidades.

Sin embargo, las características de la religiosidad griega conducían a la veneración en un concepto muy distinto a lo que actualmente consideramos como culto religioso, pues su concepción de las deidades era mucho más apegada a la exaltación en ellos de características humanas. Para los griegos, el centro de su pensamiento fue el hombre y construyeron a sus dioses en torno a ello.

De alguna manera, se trata de encontrar un paralelismo entre cada uno de sus dioses y lo que define el carácter de los hombres: la ira, la envidia, la belleza, el placer, la fuerza, la bondad, etc. Así, la ceremonia olímpica implicaba la búsqueda de la divinidad de los hombres como culto a sus dioses.

Los competidores se presentaban completamente desnudos y descalzos, mostraban el orgullo de sus cuerpos y la fuerza de sus espíritus para ganar la corona de olivos –el ganador de las justas era coronado con un semicírculo de hojas de olivo sagradas-; la belleza de la paz olímpica, conocido así el periodo de los juegos porque se suspendían todos los conflictos bélicos en honor al festejo de la olimpiada, fue un reflejo de la filosofía humanista griega.

En el análisis de sus orígenes nos damos cuenta de que el sentido de la competencia olímpica era buscar la divinidad en los hombres, el espíritu de perfección y la grandeza; los enfrentamientos tenían un sentido de hermandad en la búsqueda de los atletas, y más a profundidad buscaban el engrandecimiento de toda la sociedad en sus más altos valores.

Hoy en el año 2008, a casi tres milenios de esa Grecia, los Juegos Olímpicos, con toda su espectacularidad, su mercadotecnia, sus millonarias finanzas que van a las arcas de los patrocinadores, conservan ese espíritu inicial de engrandecimiento. El deporte es la construcción disciplinada del organismo, su explotación profunda que produce la riqueza del hombre y la mujer saludables.

Observar a los deportistas es ver a grandes modelos de personas, no sólo por el trabajo óptimo de sus organismos, sino por que nace de la fuerza de sus voluntades, de años de trabajo constante que se concretan en unos segundos que permiten demostrar al mundo la dureza de su temple y el orgullo con que representan a sus Naciones; porque de eso se trata la competencia también, de llevar una bandera, de ser parte de un país, de todas las personas que se sienten representadas con ese esfuerzo.

El empeño griego por encontrar las características divinas en los hombres está latente, en el alma de cada uno de los miles de deportistas que han estado compitiendo en estos días en la República Popular de China. El esfuerzo es la marca del éxito, la voluntad, el rumbo claro y la búsqueda continua; los deportistas olímpicos son hombres y mujeres de todo el mundo, con vidas totalmente distintas, que por unos días, en unas horas, nos demuestran la mejor forma de convivencia.

Características físicas de las más diversas, con colores nacionales que los distinguen y los identifican, son hermanos en el esfuerzo, pero individuos en el triunfo, uno sólo llega al oro, pero lleva consigo a toda su historia, a su Nación, a su familia, a sus sueños. En cada competencia cuentan la historia de sus pueblos, el orgullo, la resistencia, la disciplina, la abundancia o la miseria, y quienes ganan, llevan la esperanza de los sueños que se hacen certezas.

Como los griegos, veámonos en nuestros atletas, veamos hasta dónde estamos, por qué no se llega, por qué si nos paramos junto a naciones más pobre, más pequeñas, más recientes o las que siempre están en guerra. Por qué nuestro México de aparente paz, de abundancia, de diversidad y riqueza cultural no llega. Las respuestas parecen frases echas: el problema es la educación, la corrupción en el gobierno, la falta de estructuras, el desinterés, etc. Pero si de lo que la Olimpiada se trata es del espíritu de grandeza, dónde es que estamos nosotros que tan pocos héroes y heroínas hemos tenido. Quizá necesitamos ir a los orígenes por una respuesta.

Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es [email protected], para sus comentarios. Gracias.



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