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Desafío mayor: cuando nuestros padres envejecen

23 de agosto de 2008.

La vejez de los padres cambia las reglas de juego en el tablero familiar. “Los hijos enfrentan sentimientos de ambivalencia: tienen la necesidad y las ganas de ayudarlos, pero también quieren sacárselos de encima. El amor-odio por los padres está presente más que nunca cuando ellos necesitan de los hijos ”, dice el doctor Enrique Rozitchner, psicoanalista especializado en psicogeriatría y miembro de APA, Asociación Psicoanalítica Argentina. Es que la situación obliga a conciliar la propia vida sin dejarlos a la deriva.

“Los hijos están acostumbrados a ser hijos: no sabemos cómo se hace, no terminamos de tener claro si tenemos que tomar decisiones por ellos o no y, a la vez, en muchos casos los padres toman decisiones que nos involucran como insistir en seguir viviendo solos, mientras muchas veces el hijo se preocupa porque les suceda algo que ponga en riesgo sus vidas”, dice Elia Toppelberg, psicóloga especializada en tercera edad y escritora de una serie de libros sobre la longevidad, como ¿Mi padre envejece , ¿qué hago? (Ed. Dunken).

Primero que nada: escucharlos. “Ser mayor y tener muchos años no significa estar incapacitados para poder elegir cómo se quiere vivir. Los hijos tienen que poder prestar atención al deseo de los padres y aprender a respetarlos”, explica Rozitchner.

Uno de los grandes errores que generalmente se cometen es el de pretender que la vejez modifique el pasado radicalmente. “Los padres no tienen por qué cumplir con las expectativas de los hijos. Buscar que hagan muchas actividades, que sea un gran abuelo o salga con amigos cuando durante toda la vida fueron personas más bien solitarias, no tiene ningún sentido. Se envejece como se ha vivido. Sólo por cumplir años no se cambia: hay personas que tienen carácter fuerte y los hijos terminan entre la espada y la pared porque no se dejan ayudar”, puntualiza Rozitchner. El diálogo, acuerdan los especialistas, deberá estar signado por la negociación justa que resuelva de manera equilibrada cuidando la salud mental y física de todos los implicados. Pero hay que hablar.

El miedo a conversar libremente sobre estos temas hace más complejo el panorama: “Siempre se espera hasta el último momento porque hay un miedo latente, como si hablar de las alternativas de cuidados pudiera atraer una tragedia. Nos vamos callando y cuando pasa algo no tenemos previsión, se nos cae todo encima y queda destruido todo el estado familiar”, aclara la psicóloga social y licenciada en gerontología María Inés Gamble. La resistencia a la planificación trae como consecuencia que alternativas creativas, como vivir entre amigos después de los setenta, no sean frecuentes, como sí lo son en países europeos. Marta Donda, de 88 años, optó por mudarse al complejo habitacional Villa Linda en el barrio de Belgrano apenas murió su esposo. Es una de las 200 personas de entre 70 y 100 años que transcurren sus días entre clases de yoga, cine privado, bingo y, por supuesto, cuidados ante emergencias.

Longevidad en casa Según un estudio de la consultora TNS Gallup, 7 de cada 10 personas mayores de 65 años insisten en que su propia casa es el lugar en el que prefieren estar. Sin embargo, es necesario establecer límites.

“Conviene hablar francamente con los padres y barajar los pros y contras de cada situación, dejando en claro lo que cada parte tendrá que ceder. Por ejemplo, si los padres optan por vivir solos a muchos kilómetros de los hijos, tienen que saber que no los podrán ver constantemente o todo el tiempo que quisieran.

Hay padres que le dicen a sus hijos ‘no quiero que una chica me ayude, me alcanza con que vos vengas todos los fines de semana’, pero se olvidan que a veces los hijos no pueden responder a esa exigencia y terminan haciendo malabares en detrimento, por ejemplo, del cuidado sus propios hijos”, sintetiza Toppelberg.

Actualmente, prolongar el tiempo de estadía de las personas en sus casas es una opción válida si se aprovechan al máximo los avances tecnológicos, la selección de profesionales idóneos y especializados en las necesidades y requerimientos de la vejez y los espacios de integración de los centros de jubilados u hogares de día.

El sistema de teleasistencia, muy difundido en España y Estados Unidos, llegó hace seis meses a la Argentina y permite que la persona se comunique ante una emergencia con sólo pulsar un botón o a través de un sistema de sensores colocados en los lugares de la casa más visitados.

“Se trata de una pulsera que al ser presionada, lo comunica inmediatamente con un profesional que puede socorrerlo al mismo momento que avisan a un familiar”, cuentan desde Atempo, la empresa que lo distribuye en el país.

El servicio básico cuesta $ 120 mensuales. Por otro lado, en la ciudad de Buenos Aires funciona un promedio de 20 centros de día y 800 centros de jubilados, y pueden ser contactados a partir de los Centros de Gestión y Participación (CGP) de cada barrio. Estos lugares ofrecen clases de yoga, computación, pintura o ajedrez, además de promociones de viajes. “Envejecimiento no es lo mismo que enfermedad. La mayoría de la población de más de 60 años puede realizar cualquier tipo de actividad. Pero eso no quiere decir que tengan que hacer cosas de jardín de infantes”, alerta el médico René Knopoff. Y sabe de lo que habla. Es el Director de la Escuela de Gerontología de la Universidad Maimónides, una carrera de cuatro años que desde 1999 forma profesionales especializados en la tercera edad, una disciplina en la que nuestro país lleva la delantera en América Latina. Actualmente en Argentina y en el mundo comienza a aparecer un fenómeno completamente nuevo: la etapa de la vejez se extiende porque la gente vive más, mientras que las familias con gran cantidad de hijos ya forman parte del pasado. Con estas perspectivas de alta longevidad y baja natalidad, los especialistas en tercera edad son muy requeridos, aunque insisten en que falta prevención: una larga vida no es sinónimo de buena salud. Quienes se reciben de gerontólogos pueden encargarse de organiz­­ar un plan de trabajo para prevenir asesoramiento particular en cada caso. Están capacitados, por ejemplo, para disminuir los factores de riesgo de la casa, como muebles en punta o superficies resbaladizas; preparar una serie de actividades recreativas convenientes de acuerdo a los gustos y tiempos de la persona o preparar al grupo familiar para saber cómo posicionarse frente a una convivencia de los padres mayores con sus hijos, por ejemplo. Los honorarios rondan los $ 100 la consulta. Los asistentes cobran entre $ 10 y $ 20 la hora y pueden ser contratados para ir algunas horas a la casa. “Su tarea es asegurar el confort de la persona en todos los sentidos. Hay que tener en claro que no son enfermeros, aunque tienen conocimientos básicos sobre curaciones o control de presión, y se encargan de que la persona cumpla con el horario de la medicación”, puntualiza Gamble.

Residencias: mala prensa

Si hay un momento en que la culpa aparece con más virulencia es cuando se menciona la palabra ‘geriátrico’. “Siempre es percibido por los hijos como un gran abandono”, explica Toppelberg. En ese sentido los profesionales coinciden en que, definitivamente, son lugares que cargan con un significado muy negativo. Como todas las instituciones privadas y públicas, el abanico es amplio, cada uno tiene su modalidad y, como alerta el doctor Rozitchner, no siempre el más caro es el mejor.

“Si el paciente no va a contar con un sostén adecuado en la casa o su deterioro físico o psíquico es avanzado, no está mal pensar en una institución idónea. Además, hay casos en lo que nunca existió una buena relación, entonces el hijo dice: ‘Está bien, cumplo con mi obligación, me hago cargo pero no me pidas que lo quiera’”, explica Gamble. Por eso, para ciertas personas, formar parte de una institución puede ser positivo: convivir con otra gente o sentirse tranquilos que si algo sucede tienen ayuda médica. Para una elección positiva, lo mejor es consultar a un especialista o salir a recorrer. Gamble aconseja: “Es fundamental que cuenten con un equipo multidisciplinario, con una proporción razonable entre pacientes y asistentes (uno cada ocho o diez pacientes), además de enfermeras.

El lugar tiene que ser higiénico y ordenado. Que se pueda ver la cocina y la manera en la que se sirve la mesa. Otra cuestión fundamental es que tengan libre horario tanto para el paciente, si puede salir, como para la familia, y es importante que pueda tener consigo sus cosas personales”.



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