Weekly News

La opinión de:
Edna Lorena Fuerte
Simbolismo del cambio

1 de septiembre de 2008.

El cambio de formato del informe presidencial marca un punto de inflexión en la evolución de la vida pública de nuestro país...

Los sistemas de transparencia y rendición de cuentas han trascendido a todas las estructuras de gobierno de los tres órdenes de nuestro federalismo, sin embargo, los hechos simbólicos dimensionan con claridad el estado de las cosas.

El informe presidencial, desde la formación del PRI como partido de Estado, significó la ceremonia de consagración del régimen, el triunfo subrepticio del sistema presidencialista por sobre los ideales de federalismo y democracia, el centralismo acendrado a pesar de sustentarnos en un régimen republicano. Todo eso fue durante décadas el informe presidencial.

Sin embargo, en los últimos años, la evolución de nuestro sistema democrático implicó la transformación de las estructuras básicas del gobierno nacional, y algunos conceptos fueron arraigándose como los pilares de estos cambios, entre ellos precisamente la transparencia como el derecho básico de la construcción de la relación entre los ciudadanos y los gobierno; y la rendición de cuentas, como la obligación máxima de los gobernantes.

Sin duda se ha sembrado la semilla de estas dos grandes concepciones, pero la construcción de los mecanismos cotidianos que las hagan posibles no es una tarea sencilla y debe ir dirigida no sólo a formas estructurales, sino a cambios profundos en la cultura democrática nacional: los ciudadanos debemos asumirnos en nuestro papel de fiscales de los gobiernos, de forma que la participación ciudadana sea un agente activo de la transformación.

En este panorama evolutivo, el hecho de que el actual Presidente de la República, por primera vez, no haga entrega formal y ceremoniosa de su informe de gobierno, nos deja en claro que los cambios son una necesidad ineludible, si bien no se trata de una transformación espontánea, sino de un esfuerzo continuado que ha tenido sus momentos cruentos.

En los últimos años se han suscitado una serie de acontecimientos que fueron modificando la relación entre los poderes de la Unión, y con ello, la percepción de los ciudadanos sobre el ejercicio del poder público. Desde la LVII Legislatura, cuando EN 1997 por primera vez un miembro partido de oposición respondió el Informe Presidencial, el entonces diputado Porfirio Muñoz Ledo, encaró al régimen, rompiendo con el esquema establecido de la figura intocable de los presidentes.

De ahí en adelante, hemos visto pancartas, abucheos, tomas de tribunas, etc, expresiones de la oposición y el cambio, de la pérdida del poder absoluto que quedó en claro en el último Informe que debió ofrecer Vicente Fox, cuando, en pleno conflicto poselectoral, los legisladores de los partidos de la Coalición por el Bien de Todos impidieron la entrada del entonces Presidente, quién desde la puerta del recinto manifestó su imposibilidad de cumplir con la ceremonia.

Como resultado de estos hechos de gran complejidad política, llegamos a este año con la desaparición total de la ceremonia del informe, que se nos presenta como una victoria de la evolución democrática por sobre la tradición presidencialista; sin embargo, hay algunas aristas que no debemos dejar de lado.

La importancia de que el gobierno esté obligado a rendir cuentas y ser transparente frente a los ciudadanos debe quedar preservada aun sobre los cambios simbólicos. En este punto, parece muy oportuna la desaparición del informe ante un gobierno sumido en profundas crisis como la que implica la seguridad pública, con lo que es una de sus prioridades políticas evitar la confrontación con las fuerzas opositoras, más aun si pensamos en las negociaciones en torno a las reformas estructurales.

Qué conveniente para la figura presidencial no tener que aparecer en cadena nacional, frente a todos los ciudadanos, como era antes, ofreciendo un informe que espera ser lapidado por las expresiones de desaprobación de los partidos de oposición. Algunos dirán que lo importante ahora en el país es buscar el acuerdo y la cooperación para enfrentar los grandes retos y crisis de nuestra Nación, pero no debemos olvidar que la confrontación política es el motor del cambio y el resultado de la representación que es condición de la vida democrática.

No en el sentido de una confrontación estéril que sólo se muestra como espectáculo y finalmente se resuelve por debajo de la mesa; sino de la verdadera discusión democrática y representativa que necesita nuestro país para seguir evolucionando, sí, hemos cambiado, pero quizá no con la velocidad y contundencia que requerimos los ciudadanos.

Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es [email protected] para sus comentarios, gracias.



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