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Dejan al ‘yeti’ en el olvido

1 de septiembre de 2008.

Él recuerda la oscuridad del bosque de pinos, las huellas en el suelo y su terror cuando la criatura comenzó a aullar. Recuerda las historias de su infancia, de una bestia que merodeaba las cúspides de las montañas, de cómo el miedo se apoderaba de las aldeas cada vez que era visto.

En un remoto reino montañoso que se resistió al mundo moderno tanto tiempo como pudo, el anciano recuerda un tiempo cuando “el yeti” era parte de la vida normal.

“La criatura siempre ha existido allí, y aún existe”, dice Sonam Dorji, de 77 años, sentado en el piso de madera de su pequeña casa. Es una fría mañana en los Himalayas, y el hombre se calienta junto a una estufa de leña. El olor de pino encendido llena la habitación. “Si uno camina por los senderos ancestrales, incluso hoy, hay buenas probabilidades de que se lo va a encontrar”.

Su yerno, que escucha las historias del viejo, se mofa desde el otro lado de la habitación.

Tshering Sithar tiene 39 años y trabaja como operador de topadoras en la pavimentación de caminos, en esta aldea que hasta hace poco sólo podía ser alcanzada a pie.

“¿Qué puedo decir?”, pregunta con una risa burlona. “No hay nada en el bosque. Cualquier persona educada lo sabe”.

Muchas creencias tradicionales siguen profundamente arraigadas en esta remota nación himalaya, desde la astrología hasta la veneración de los sacerdotes budistas. Pero el monstruo que camina por las montañas está cada vez más olvidado, y ese vínculo con el pasado es visto cada vez más como una señal de ignorancia.

“No podemos vivir hoy como vivíamos en el siglo XVII o el XVIII. Nuestra cultura tiene que ser dinámica”, dice Khandu Wangchuck, ministro de finanzas de Bhután. “En los últimos 40 años hemos avanzado 300 o 400 años”.



¿Y el yeti? Wangchuck se toma una pausa. “Pienso que la mayoría de la gente sabe que se trata de una leyenda”.

Pero, ¿qué significa cuando cosas aceptadas como hechos se convierten en mero folclor? Cuando una creencia que ayudó a unir una tierra es relegada al mito, ¿qué pasa con la cultura que creyó en ella? ¿Y cómo puede un país que apenas llegó hace unos años al siglo XX arreglárselas en el mundo globalizado del siglo XXI?

OTROS MITOS

En el Occidente, criaturas similares al yeti desde hace tiempo son consideradas mitos. El Abominable Hombre de las Nieves es algo salido de un episodio de “Scooby-Doo”, o parte de la última película de momias de Hollywood. Para la ciencia, la idea del Sasquatch o Big Foot es poco más que una broma.

Pero en los Himalayas la bestia fue considerada algo real, conocido durante generaciones en áreas desde el Tíbet a Pakistán. Es una región de abundante fauna y flora, donde tigres, osos y jabalíes merodeaban los espesos bosques de las montañas y remotos valles. Aquí, “el yeti” era simplemente una criatura más.

Para Bhután, un país apenas notado por el resto del mundo, “el yeti” se convirtió en mucho más.

En una nación que atisbaba nerviosamente a la modernidad, la poderosa bestia montañosa fue celebrada públicamente, convirtiéndose en un talismán contra la modernización vertiginosa y un recuerdo de las tradiciones. Historias sobre sus viajes eran contadas por el rey y altos funcionarios del Gobierno. El Santuario Sakteng de Fauna y Flora, un enorme parque nacional, fue creado en parte como lugar para proteger el yeti. Una vez Bhután finalmente creó un sistema postal, emitió estampillas que honraban un animal que la ciencia afirma no existe.

“Todo el mundo sabe que estaba allí”, dice Dorji. “Era como los osos o los leopardos. ¿Por qué vamos a cuestionarlo?”.

ENTRAN AL DESARROLLO

Pero el cambio, un concepto apenas imaginable aquí hace unos pocos años, se está acelerando.

Hasta finales de los sesenta, Bhután se había aislado completamente durante siglos, protegida por los Himalayas, para vivir como siempre lo había hecho, con una vida marcada por los ciclos de cosecha, budismo, pequeñas ciudades estado al estilo feudal y reverencia por la monarquía. No tenía caminos pavimentados, red eléctrica, ni moneda. Carecía de sistema postal o de teléfonos y aeropuertos. El comercio dependía del trueque. El turismo estaba prohibido.

Sólo después que China invadió el Tíbet el rey decretó que su país no estaría aislado más. Al inicio, los cambios llegaron muy lentamente. No hubo caminos pavimentados hasta 1963, ni turistas hasta inicios de los setenta y servicio telefónico internacional hasta los ochenta.

Pera finales de los noventa, sin embargo, las cosas se habían acelerado. La televisión y la Internet arribaron en 1999, la red de carreteras creció, y la red de electricidad floreció. Aunque el turismo sigue siendo altamente restringido -los visitantes tienen que pagar 220 dólares diarios, por adelantado, apenas para obtener una visa- 20 mil turistas visitaron el año pasado, casi 10 veces más que en 1991. En una nación en la que los reyes tenían poder absoluto, elecciones democráticas en marzo trajeron una nueva generación de políticos.

Bhután es un lugar en el que casi todo el mundo nació en una aldea, pero pocas personas ven futuro en ser campesino y donde una minúscula economía moderna significa que hay muy pocos otros empleos.

En Thimphu, la cada vez más atestada capital, uno puede encontrar de todo, desde majestuosos palacios reales a microscópicos atolladeros de tráfico en los que una decena de automóviles traban pequeñas intersecciones. En las noches de fin de semana, jóvenes aburridos y desempleados se traban en trifulcas en las afueras de clubs de baile.

De repente, Bhután ha llegado a una incómoda encrucijada. Es un tiempo en el que el dinamismo de la modernidad choca regularmente con sus trampas. Es un tiempo en el que las tasas de mortalidad infantil se están desplomando, el delito está creciendo y la educación universitaria no es ya solamente un sueño.

Un tiempo en el que “el yeti” es cada vez menos bienvenido.





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