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La opinión de:
Sergio Armendáriz
El Quijote Del Parral

15 de septiembre de 2008.

Hace 18 años que vivo en esta generosa y poderosa tierra fronteriza. Llegué con el ánimo incierto de prodigar posibilidades y condiciones de desarrollo a mi familia.

Fui recibido con extraordinaria e inmerecida bondad, todo conspiró para favorecer mi adaptación y servicio en esta queridísima tierra sin prejuicios, mi impresión se cristalizó en eterna gratitud, así será por lo que reste a mi anónimo existir.

Soy parralense de nacimiento, es decir, por siempre. Me encanta la idea de servirle desde aquí, Parral me permite vivir y comprometer un humilde origen combinado con un orgulloso recuerdo evocador; no creo en las nostalgias culposas, pero sí en el afecto profundo del nacimiento amoroso, el terruño es la metafórica reproducción de la siempre añorada matriz.

Me duele íntimamente el sufriente y actual dolor húmedo de Parral, el agua abundante de hoy lastima la claridad fundamental de una auténtica comunidad curtida por la cohesión de proximidad de cientos de años. Hidalgo Del Parral es un espacio cerrado por su privilegiada y fatal geografía, su gente vive y muere en la cadencia de un destino lleno de ilusión y entusiasmo, lo predestina su profundo espíritu de buena fe solidaria familiar.

La tragedia lo pone a prueba, algunas de sus colonias naufragan en la diversidad de su historia y la complejidad actual de su composición socio-demográfica, sin embargo, su espíritu sigue siendo míticamente representativo, la fuerza de su historia telúrica le sobrepone a cualquier eventualidad brutal, pero circunstancial de la caprichosa naturaleza. Parral asimila del salvajismo inconsciente de sus aguas desbordadas, la fortaleza de su gente se transpone siempre a su pueblo de hoy, la lucha de su tradición subterránea minera terminará por imponerse con creces de lección histórica, a la superficialidad embravecida de las aguas catastróficas de ocasión.

Parral siempre envía un mensaje de fortaleza y sobrevivencia al mundo que lo percibe, la identidad fundamental de su memoria original se refleja en la observación de la consistencia del amor de su gente a la matria cálidamente cercana. Parral ha visto nacer y morir a un enorme número de generaciones; cubre a los que se fueron, a los que se quedan y a los que vendrán en uterino cobijo, su condición hospitalaria centenaria le resarce de cualquier eructo de la impredecible naturaleza.

El “nacionalismo” parralense se ha hecho famoso en innumerables lugares de confines varios. Su metáfora es una hermosa mezcla de sabroso sentido del humor pero también de reconocimiento misterioso a la centenaria y heroica vivencia; ciertamente, el nativo de Parral carga con la delicia de sus populares y étnicas bondades, pero a la vez con el sentido profundo de la historia de sus entrañas de plata, oro eterno de su escencia.

El parralense, geográficamente, muere y vive dentro y fuera de Parral. Lo increíble hoy, es que las aguas turbulentas le incomodaron sus venerables entrañas, sus minerales humanos flotaron sin el permiso gambusino y aventurero de los amantes decididos de sus raíces; su vieja inundación del siglo pasado no se había atrevido a meterse con razones emocionales tan queridas umbilicalmente. Sin embargo, Parral conserva fortalecida la esperanza; la rabia se le convierte en orgullo, el dolor de la tragedia se transforma en visión anhelante de futuro, su mismo pasado es garantía de salvación en el porvenir, sus generaciones de dentro y de fuera salvaguardan la certeza en un devenir, que siempre se espera a sí mismo al final del túnel de las insospechadas expresiones de la historia.

Sí, Parral es la Capital del Mundo. Lo es por el raigal amor de los parralenses vivos y muertos por los siglos de los siglos, lo es por el inmenso afecto de la gente que ha vivenciado su inmensa y famosa cordialidad, lo es por el espíritu de lucha y resistencia a los formidables obstáculos que le obligan a reescribir las páginas gloriosas de su existencia histórica, lo es por la pasión distante o íntima de su gente que respiró el primer impulso del afanoso pulmón vital, también por la postrera y cristiana expiación del alma ascendente.

El diluvio de la Capital del Mundo es, consecuentemente, mítico. No podría ser de otra manera. Sin embargo, el Quijote que acompaña a Parral por su inseparable Hidalgo de su completo nombre, le reserva la certidumbre de su dignidad fortalecida por el dolor, la desgracia y el sueño pospuesto, sin temor a los molinos de viento del agua salvaje. Ahí está y estará, sin duda continuará siendo el venerable y varias veces centenario Hidalgo Del Parral, el épico Caballero manchego del sur de nuestro Estado Grande.



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