Weekly News

Artículo
Por: Edna Lorena Fuerte
votadas y representadas

23 de octubre de 2008.

El aprecio de la realidad pasa, necesariamente, por el conocimiento de su origen...

No podemos dimensionar la importancia de los acontecimientos si no nos adentramos en sus implicaciones históricas, sus orígenes y circunstancias. A veces pareciera que lo que vivimos actualmente forma parte de un orden permanente y no nos imaginamos cómo fue antes de hoy.

Hasta hace 55 años las mujeres en México no tuvieron el derecho de votar y ser votadas, pues la ciudadanía se consideraba un privilegio masculino. Esto quiere decir que algunas de nuestras madres y nuestras abuelas vivieron en un tiempo totalmente distinto al que conocemos actualmente, en el que, hablándose de voto universal, sólo se comprendía al sufragio de los varones. Aparece tarde en nuestra historia la posibilidad de votar para las mujeres, si tenemos en cuenta su activa participación desde la Independencia, las mujeres mexicanas no han tenido un papel pasivo en el desarrollo nacional y el darles el derecho a voto debe considerarse un muy tardío reconocimiento a ello.



El 17 de octubre de 1953 el presidente Adolfo Ruiz Cortines promulga un decreto en el que se reforma el Artículo 43 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en la que se otorga el derecho a las mujeres para que ejerzan la ciudadanía de igual forma que los varones. Esto sucede más que como una concesión ante presiones sociales, como fue en muchas otras naciones, como una acción ideológica de ese gobierno, pues en realidad no hubo grandes movimientos sociales detrás de esto.

Se trata pues de un cambio hacia la modernidad que transcurre con gran calma, un paso que asume el gobierno federal como necesario en el desarrollo de nuestro país. En este sentido, el significado que tiene el voto de las mujeres en nuestro país tiene que ver con el reconocimiento legítimo de las necesidades femeninas. Votar es manifestar una necesidad de representación.

Dar el voto a las mujeres fue, precisamente, ofrecerles la oportunidad de dar su opinión y elegir a quienes verdaderamente representaran sus necesidades e intereses, como un claro reconocimiento al papel fundamental de las mujeres en la vida social de nuestro país. Actualmente, a partir de la evolución de nuestro sistema democrático, el voto femenino se ha vuelto uno de los pilares básicos del ejercicio electoral.

Incluso, el análisis electoral de la alternancia de 2006 refleja la importancia de las mujeres en la histórica derrota del PRI que llevó al PAN, con Vicente Fox a la Presidencia de la República. Hoy los partidos políticos cuentan con plataformas especializadas que se dirigen a las mujeres, prevén la participación femenina en los escenarios electorales, e incluso se interesan en el análisis de las mujeres como electores clave por su poder de influencia en sus núcleos familiares y sociales.

A nivel de participación se ha logrado prácticamente la paridad electoral entre géneros. Pero, si el significado del voto es la búsqueda de representación, en nuestro país, no hemos logrado esa disposición respecto a lo femenino. La presencia de mujeres en puestos de elección popular no refleja esa paridad que se tiene entre los votantes, las mujeres que votan no cuentan con suficientes opciones femeninas para elegir, como representantes de sus necesidades.

Si bien es cierto que a nivel estructural se ha tratado de abonar en este sentido, lo cierto es que se ha logrado establecer elementos formales que no siempre, o no de manera suficiente, cubren la necesidad de representación femenina. Incluso actualmente hay muchas voces que se pronuncian por establecer una paridad de 50% a 50% en las candidaturas, pero sin pasar realmente por el análisis de lo que han provocado estos candados estructurales.

Establecer cuotas fijas de género en las candidaturas es una medida necesaria para asegurar la representatividad, pero parece que en lugar de promover la formación de liderazgos femeninos sólidos, la inclusión de mujeres en todas las estructuras de formación de los partidos, en muchos casos sólo ha logrado que se den candidaturas digamos, "artificiales" con la sola finalidad de cubrir las cuotas, pero sin buscar un reflejo representativo con verdadero arraigo.

Aquí hay muchos ejemplos de candidatas que ganaron el lugar sólo siendo las hermanas, esposas, hijas, etc. de miembros de los partidos, lo que no demerita sus capacidades, pero sí cuestiona su arraigo y auténtico liderazgo. Esto ha provocado que en nuestras Cámaras, tanto locales como federales, y en nuestros cabildos, la poca representación femenina no siempre vaya acompañada de un reconocimiento social de estas mujeres.

Entonces no sólo se trata de que el voto femenino sea una clientela jugosa en los momentos electorales, y una cuota obligatoria en las planillas de candidatos. Se trata, sobre todo, de hacer un reconocimiento a las virtudes femeninas de organización y liderazgo, de detectar, promover y trabajar por la participación activa de las mujeres no sólo como votantes, sino como gobernantes.

Celebrar un aniversario más del derecho al voto en las mujeres debe partir de análisis de la correspondencia entre voto y representación, y es ahí donde falta mucho por construir, abrir espacios para las mujeres, creando liderazgos auténticos, sólidos y arraigados, para que las y los votantes tengamos la posibilidad de elegir con nuestro derecho al voto a mujeres que, con sus gestiones, contribuyan a la democracia. Es un derecho conjunto el de votar, ser votadas y con esos votos, estar representadas.

Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es [email protected] para sus comentarios, gracias.



Descarga nuestra nueva App para iOS y Android



Comentarios



Publicidad

Compartir en redes sociales



Juarez independiente


 

Diseño de Aplicaciones Móviles