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Opinión de: Edna Lorena Fuerte
Impuestos, ¿para qué?

1 de diciembre de 2008.

En las últimas semanas he tenido noticia de diversos mensajes, sobre todo por vía del correo electrónico...

Que han llegado tanto al de su servidora, como al de gran cantidad de conocidos, promoviendo el no pago de impuestos ante la situación que priva en nuestro estado y que cada vez se hace más grave. Esta situación nos ha llevado a reflexionar una vez más en el para qué de los impuestos.

Todos sabemos que los impuestos son la contribución obligatoria que los ciudadanos damos al gobierno para su mantenimiento y operación. Es decir, de nuestro trabajo diario tomamos un porcentaje, más o menos considerable dependiendo de nuestras actividades y consecuentes obligaciones fiscales, y lo ponemos en manos del Estado a través de diferentes impuestos que se distribuyen entre todos los órdenes de gobierno.

Veámoslo desde una perspectiva simplista, si usted tiene un negocio, y destina una parte de sus ganancias al pago de un producto o servicio, entonces, al adquirir, usted revisa las condiciones de lo que compra, exige resultados, calidad y garantías que le permitan asegurar su inversión. De lo contrario, termina por cancelar esa adquisición y buscar nuevas opciones. Es una cuestión de sentido común.

En el caso de los gobiernos, a partir de nuestra naciente democracia electoral, se comenzó a dar lo que conocemos como el "voto de castigo" que es, precisamente, la respuesta de desaprobación de los ciudadanos hacia un determinado régimen, que no ha dado los resultados esperados y por el que, en las siguientes elecciones, se castiga a sus correligionarios privándolos del voto popular.

Pero la falta de resultados en nuestro estado nos ha llevado a un sentimiento de rechazo mucho más profundo, pues no se restringe a una determinada fuerza política o partido, sino a la clase política en general, a todos los gobiernos y funcionarios de los que ya no esperamos nada pues parece que nada recibimos. La gente parece pensar que no tiene ningún sentido votar por unos o por otros si al final los resultados serán los mismos.

¿Cómo demostrarle al gobierno que no nos satisfacen sus acciones, cómo dejar de adquirir un servicio que no nos está entregando cuentas sobre nuestra inversión? Ante estos cuestionamientos surgen estas voces que se reproducen a través de la red pidiendo que se castigue al gobierno con la suspensión del pago de impuestos. Llegar a este punto nos habla de la gravedad de la molestia ciudadana, de la falta de salidas que se ofrecen ante esta situación.

En este panorama, existe ciertos gravámenes que la ciudadanía tiende a cuestionar más, como es el caso de aquellos que se dirigen a los bienes que, producto del trabajo individual o familiar se han adquirido, como son las viviendas y los vehículos. En estos últimos se centra la petición ciudadana de la suspensión de pagos, pues se considera al impuesto sobre la tenencia de automotores, como un exceso de la administración pública, mucho más cuando no se tienen resultados en las problemáticas más urgentes.

La tenencia nació como un impuesto emergente en todo el país para la organización de las Olimpiadas de 1968, pero una vez pasado el evento y los compromisos financieros adquiridos con su realización, el impuesto permaneció intocado hasta nuestros días, sin que exista una justificación fiscal más allá de la costumbre. Ahora los ciudadanos chihuahuenses, lacerados por la crisis de seguridad pública que vivimos, ven en este impuesto un abuso más.

Junto con este, el re placamiento del parque vehicular en el estado también se ha sumado a estos reclamos pues se le considera una recaudación innecesaria y onerosa para la sociedad, cuyas ganancias nunca se han visto traducidas en mejorías para el espacio público y, mucho menos, en mejores políticas de gobierno ante las urgentes necesidades ciudadanas.

Chihuahua es el estado con placas más caras –hasta diez veces más que en otros estados-, y paradójicamente, el que tiene menos resultados gubernamentales ante la ola de violencia que nos azota. Pagar impuestos es una obligación que los ciudadanos cubrimos con mayor o menor puntualidad a riesgo de penalización, pero es cierto que la ciudadanía está entrando en un momento de desesperación y busca vías de presión que verdaderamente impacten en nuestros gobiernos y los obliguen a actuar.

Esta semana se cumplieron los primeros 100 días del Acuerdo por la Seguridad Nacional y desde cualquier perspectiva es claro que no se tienen los resultados deseados y que lo que parecía la esperanza de la unidad institucional, terminó siendo una esperanza más quebrada por la cruenta realidad que se impone. La sociedad está buscando salidas, no podemos decir si son las adecuadas, pero sí podemos estar seguros que son el resultado de una desesperación y un enojo muy profundos.

En su visita a la entidad, el propio procurador Medina Mora aseguró que aun falta lo más grave, que la situación no ha llegado a su límite y que esperemos que la escalada de violencia siga avanzando ¿Qué nos espera entonces, qué más tenemos que vivir para que se tomen medidas serias y, ahora sí, veamos resultados? ¿Qué sentido tiene poner el esfuerzo de nuestro trabajo en forma de impuesto a un gobierno que no procura la protección de nuestras garantías?

Recordemos que el pacto social que da origen a todo Estado esta basado en la respuesta pronta de las necesidades que dan origen a una convivencia sana por parte de las autoridades constituidas, respuesta que debe darse a quienes precisamente son al fuente de ese pacto, es decir, la ciudadanía, el mandatario real., cuando este ya no recibe las respuestas que espera, cuando ya no hay una confianza mínima en el desempeño de quienes están obligados a servirle, cuando el pacto original se resquebraja ante el mas elemental sentido de seguridad y pertenencia, las preguntas se agolpan y las acciones ciudadanas inician y pueden desbordarse.

Lamentamos que aun no se den cabal cuenta quienes tienen la obligación de hacer del ejercicio del poder político un hacer de servicio público. Aun piensan en los discursos institucionales que bordan todos los colores, aun creen en el pueblo como masa sin rumbo y no como una ciudadanía cada vez más informada y también cada vez mas harta. Siguen viviendo en el conformismo que da el dialogo institucional independientemente del colorido de sus siglas. ¿Que podemos esperar si aun dentro de ellas no permiten la necesaria oxigenación y los discursos se reciclan cada tanto por cuanto tiempo?

Mientras tanto, Chihuahua sigue esperando, pero sin esperanza.

Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es [email protected] para sus comentarios, muchas gracias.



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