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Migrantes pasarán una amarga Navidad

24 de diciembre de 2008.

Según Organizaciones No Gubernamentales, México es una frontera de represión y sufrimiento para los centroamericanos que viajan a Estados Unidos, al ser víctimas de secuestros, asaltos y violaciones.

De acuerdo con el coordinador de la Pastoral de la Movilidad Humana Pacífico Sur del Episcopado Mexicano, Alejandro Solalinde Guerra, el corredor migratorio que abarca Tabasco, Veracruz, Tlaxcala, Puebla y Tamaulipas es una ruta controlada por el grupo criminal Los Zetas.

“Sicarios han reclutado migrantes, maras y mexicanos que secuestran a los sin papeles en las vías del tren, para exigir un pago por su liberación que va desde los 3 mil a 500 dólares por persona”, dijo el sacerdote.

La Noche Buena para decenas de migrantes centroamericanos será sin cena ni familia y lejos de sus países. En vísperas de la Navidad, descansan luego de caminar por casi una semana para llegar a esta localidad limítrofe con Oaxaca.

La mayoría sufrió asaltos en el punto conocido como La Arrocera, cerca de la caseta migratoria El Hueyate, en el municipio de Huixtla. Ahí, el domingo tres migrantes, entre ellas dos mujeres, fueron asaltados.

Las mujeres, de entre 20 y 23 años de edad, relataron que fueron abusadas sexualmente por tres delincuentes. “Nos hicieron desnudarnos y luego abusaron de nosotras delante de nuestro compañero que no pudo hacer nada ya que estaba amenazado con una pistola en la cabeza”.

La historia es escuchada por la guatemalteca María Antonia Ramos, de 50 años, quien refiere que ella emigró para salvar su vida.

La mujer, quien descansa bajo la sombra de un árbol a la orilla de los rieles del ferrocarril, refiere que la inseguridad que se vive en Guatemala la obligó a abandonar su tierra.

“Me amenazaron de muerte unos mareros que robaron mi negocio. Yo los vi y ahora esa situación me hizo huir de mi país para salvar mi vida”.

—¿Cómo fue la Navidad el año pasado?

—En familia. Con mi madre, mis hermanos, mis hijos. Comimos tamalitos, pollo y ponche, Ahora faltaremos dos, mi hermano y yo. “Es duro para alguien que nunca ha dejado su país, su familia, sus hijos… cuesta demasiado dejarlo todo”, señala mientras sus ojos negros se llenan de lágrimas.

No muy lejos de ahí, el hondureño Héctor Samuel Galván, de 27 años, quien se unió a un grupo de migrantes que se armaron con palos y machetes para enfrentar a la delincuencia a bordo del ferrocarril, refiere que para ellos no habrá Navidad.

“Será un día como cualquier otro, sin cena ni familia, lejos de nuestra tierra”. Señala que pedirá unas monedas para llamar a su familia. “Les diré que no se preocupen, que pronto llegaré a Estados Unidos”.

Héctor recuerda que el año pasado en su natal Tegucigalpa festejó con su familia el nacimiento del niño Jesús. “Toda mi familia cooperó para el pavito, tequila y bailamos mucho. Ahora mi familia serán todos los que viajamos por una misma causa: llegar a Estados Unidos”, señala.

En la casa del migrante, el sacerdote señala: “Les prepararemos algunos platillos tradicionales, trataremos que no la pasen tan mal”.

A pesar de las fiestas decembrinas el flujo migratorio no ha disminuido y México es la antesala del llamado sueño americano.





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