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Sin margen de maniobra

21 de enero de 2009.

Por consiguiente, no se requiere mucha ciencia para concluir que el repunte de la actividad productiva en México se dará, otra vez, después de que inicie el rebote económico al norte de la frontera.

Eso, sin embargo, puede tomar bastante tiempo, por lo menos más del que le tomó a los estadounidenses reponerse de su pasada recesión. Por ello, los empresarios mexicanos han solicitado y el Gobierno ha propuesto diversas medidas para contrarrestar los efectos nocivos de la crisis en EU.

Se trata, a fin de cuentas, de no depender únicamente como en 2001 de los resultados de la política contracíclica de EU, sino de aplicar ahora la propia. Esta consiste, en esencia, de un aumento del gasto público y de un relajamiento de nuestra política monetaria, que osadamente inició el Banco de México (Banxico) el viernes pasado.

Surgen en este contexto, por lo menos, dos preguntas importantes. Primera, ¿realmente contamos con el margen de maniobra suficiente para aplicar una política contracíclica independiente? y, segunda, ¿al tratar de salvar con políticas expansivas el 2009, que por más esfuerzos que hagamos será malo, no comprometeremos la salud de nuestra economía en 2010 y 2011?

En lo personal, no comparto la urgencia con la que se pide y el entusiasmo con el que el gobierno ofrece su programa de estímulo a la economía, porque considero que carece del margen de maniobra para hacerlo sanamente y, además, porque al agotar todo su parque este año, tanto en lo fiscal como lo monetario, seguramente sí comprometerá nuestra evolución económica en los años venideros.

Esta, sin embargo, no sería la primera vez que por tratar de ir contracorriente ocurriera algo como eso. Me vienen a la mente un par de ocasiones en que el gobierno mexicano, sin tener realmente margen de maniobra, hizo algo similar, con resultados funestos al final. Me refiero, en particular, a las recesiones estadounidenses de 1974-75 y 1980-81.

En esta ocasión considero que, otra vez, la miopía de nuestros gobernantes y la torpeza en la aplicación de las políticas fiscal y monetaria, pueden contribuir a que nuestros problemas económicos persistan, aún después de que se recupere la economía estadounidense.

La miopía gubernamental, que comparten por igual el Ejecutivo y el Congreso, se debe a la manera tan irresponsable e imprudente con que desde el año 2002 se gastaron, prácticamente, todos los ingresos extraordinarios del petróleo. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero no por ello dejan de ser muy ilustrativas.

Nuestro fondo de estabilización petrolero registró la cifra de 3.5 mmd al cierre del año pasado. En contraste, Noruega contaba con más de 300 mmd, Rusia con más de 150 mmd, y Chile, que tiene un fondo similar para sus ingresos extraordinarios del cobre, tenía más de 20 mmd.

El saldo ridículo de nuestro fondo de estabilización, que se creó a fines del 2000, se debe a que nuestros gobernantes lo utilizaron para financiar el gasto público anual. En cambio, el gobierno chileno, que constituyó su fondo de estabilización en 1985, lo usará este año por primera vez desde su creación.

El gobierno chileno, además, mantuvo superávit fiscales por muchos años, lo que le da la holgura suficiente para aplicar ahora una política fiscal expansiva. En contraste, en nuestro caso no hay tales superávit y sólo contamos con la cobertura de ingresos petroleros para este año, por lo que si las autoridades se los gastan en 2009, es muy probable que enfrenten problemas presupuestales a partir del 2010.

Es evidente, por tanto, que el gobierno mexicano no cuenta con un margen de maniobra razonable en la política fiscal. Lamentablemente, Banxico tampoco cuenta, en la práctica, con margen de maniobra para relajar su política monetaria.

Su decisión de reducir las tasas de interés, aún antes de consolidar el descenso de la inflación, se debe a que confía en que los menores precios de las materias primas y la recesión compensen las presiones sobre los precios internos de la depreciación del peso.

Esta decisión subestima los vientos que soplan contra nuestra moneda y que pudieran exacerbar las presiones inflacionarias futuras.



En efecto, el desplome de nuestros ingresos petroleros dejará una brecha muy amplia en la cuenta corriente de la balanza de pagos. A ello también contribuirá la caída de las exportaciones manufactureras.

El déficit de cuenta corriente es, por definición, igual al superávit de la cuenta de capital, cuyos renglones más importantes son el crédito externo y la inversión extranjera, tanto directa como de cartera.



La crisis financiera global disminuirá considerablemente esos flujos para México en 2009 y 2010. El equilibrio de balanza de pagos necesitará, entonces, de una caída equivalente en el déficit de cuenta corriente, que ante el desplome de nuestras exportaciones por la recesión estadounidense, deja el grueso del ajuste en la disminución de las importaciones. Esto último requiere, además de la reducción de los precios de las materias primas, de una contracción de la actividad económica interna y una depreciación del peso. La política contracíclica tratará de mantener a flote la demanda doméstica, lo que dejará la tarea de disminuir las compras externas en la modificación del tipo de cambio.

Esto ya lo hemos vivido antes, y siempre con resultados negativos. Por tanto, si nuestras autoridades persisten en su actual línea de política económica laxa, no tiene porqué ser distinto en esta ocasión.



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