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LA OPINIÓN DE:
Edna Lorena Fuerte
* Lo femenino

10 de marzo de 2009.

De acuerdo con la mayoría de las culturas, la mitad del orden universal es femenino, la mayoría de las cosas responden a esa dualidad y tienen una contraparte que no se opone, sino que se complementa y permite la circularidad del mundo. Es así que tanto lo masculino como lo femenino, no son una definición cerrada de sí mismos, sino la apertura a la otredad que les es necesaria.

Bajo esta concepción sumaria, el mundo de la mujer debe ser entendido como el equilibrio del mundo del hombre, pero como una unidad en sí mismo. Ambas unidades se complementan y forman el universo. En toda la historia de las conquistas por la igualdad se ha estado buscando el equilibrio entre ambos espacios, aun cuando en muchos sentidos sólo se haya logrado que lo femenino termine siendo un apéndice del “mundo de los hombres”.

Aún así, cuando las mujeres no eran consideradas ciudadanas, ni tenían derechos políticos o civiles, e incluso sus derechos humanos eran considerados en un rango inferior, su participación en la construcción de la sociedad era cuantioso y sustancial, al punto incluso de haber célebres mujeres que contribuyeron a conquistas de la independencia de los pueblos, las revoluciones o la ciencia.

Pocas sí, pero cuya existencia revela con claridad las capacidades de las mujeres en la construcción de los derechos, el conocimiento o la libertad; y más allá de ello, en la vida cotidiana que no necesariamente crea celebridad, en todas las historias de las familias, la lucha de las mujeres es la constante que da unidad y mantiene el orden, que permite el progreso de las nuevas generaciones.

Todos tenemos en la memoria los esfuerzos de nuestras abuelas, tías, madres o hermanas, o nosotras mismas, por mantener aun ante la adversidad constante, la idea de conjunto que es una familia. Las mujeres han estado haciendo historia toda la vida, aún en las páginas mínimas de la memoria individual, son heroínas que han ganado grandes batallas.

Cada año en 8 de marzo, para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, gobiernos e instituciones presentan las cifras de la integración femenina al mundo moderno, cuántas mujeres trabajan en puestos de alta decisión, cuántas integran la planta productiva de los países, en cuánto contribuyen a la producción nacional, cuántas son sustento de sus familias, cuántas de ellas tienen acceso a altos niveles de formación.

Con esas cifras se pretende mostrar el triunfo de la igualdad; pero detrás de ellas existe una realidad que, muchas veces, se vuelve insostenible: las mujeres involucradas en altos puestos tienen que decidir en muchos sentidos sus prioridades laborales por encima de la maternidad o la familia, las mujeres trabajadoras son también detonadores de desintegración familiar o resultado de ello, la educación para las mujeres en ocasiones exige renunciar a otras condiciones sociales de su desarrollo.

Mirar el otro lado de la moneda no es para excluir el primero, ni para decidir cuál de estos es el adecuado, sino para trabajar con una realidad completa que nos permita ver lo que en los hechos está sucediendo y ofrecer soluciones. No se trata de que las mujeres dejen de trabajar o que frenen su desarrollo personal en lo profesional; sino que tengan la posibilidad de vivir la plenitud en todos los aspectos.

Poder ser madre y directiva o funcionaria, pareja y estudiante, esposa y trabajadora, sin que ninguna de sus actividades implique el sacrificio de las otras, sino que su desarrollo sea una total elección. Para que esto suceda es necesario que la sociedad madure para ofrecer las condiciones de equilibrio que el mundo de las mujeres exige para desarrollarse plenamente.

A la par del desarrollo moderno han nacido tabúes respecto a la vida tradiciones de las mujeres y se han perdido valores inherentes al mundo de lo femenino, con el discurso de la igualdad, en muchos aspectos, se ha mutilado la cualidad femenina en su búsqueda de homogeneizar lo naturalmente distinto: para que una mujer pudiera acceder a lo que estaba conferido a los hombres, debía adoptar una personalidad masculina.

Esto llegó al punto de convertirse en una máxima de desarrollo del mundo moderno. Pero a la par, comenzaron a quedar vacíos algunos aspectos que las mujeres comenzaron a sacrificar para lograr su integración al mundo diseñado por y para los hombres. Hoy, a la luz de más de cuatro décadas de las luchas por la igualdad, el análisis de las condiciones de vida de las mujeres es la pauta para la transformación del discurso de la igualdad.

La aparición del concepto de equidad es, precisamente, esa búsqueda de un equilibrio dinámico entre el desarrollo de las mujeres dentro de los estándares del mundo masculino, y sus propias medidas. A las alturas de este 2009 es fundamental entender que las conquistas de la mujer no son excluyentes, sino de naturaleza compartida; es decir, lograr la integración de lo femenino para recuperar el equilibrio natural de nuestro universo.

Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es [email protected] para sus comentarios. Muchas Gracias.



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