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Exploran Antártida, con todas las comodidades

23 de marzo de 2009.

ANTÁRTIDA.- En el 27 día de su travesía, en la que los miembros de la expedición parecen puntos negros en la vasta inmensidad blanca de la Antártida, Lou Albershardt escuchó un ruido que jamás había sentido en sus dos décadas de aventuras.

El cable de su taladro -un aparato que cuesta 100,000 dólares y puede penetrar el hielo 92 metros- se cortó y desapareció en lo profundo.

Su equipo de científicos estaba a 800 kilómetros del Polo Sur, donde habían comenzado su expedición y a 1,500 kilómetros de la Estación Troll, su destino final.

Se encontraban en una meseta de unos 3,000 metros de altura, con temperaturas de -20 grados centígrados y vientos fuertes.

Se quedaron sin su instrumento más importante: un taladro que perfora grandes profundidades. Ello representaba el fracaso de la expedición. Albershardt sabía que nadie jamás había recuperado un taladro de un pozo tan profundo.

Esto sucedió el 18 de enero y la expedición de científicos noruegos y estadounidenses ya había hecho uno de los recorridos con fines de investigación más largos jamás emprendidos en una de las regiones menos exploradas del Polo Sur.



Se trataba de un proyecto ambicioso para explorar la capa de hielo más vieja y gruesa del planeta, en busca de pistas sobre su pasado geológico. El objetivo era entender mejor el impacto que pueden tener los fenómenos climatológicos de la Antártida en el calentamiento de la Tierra, cuánto hielo se puede derretir y cuánto pueden crecer los océanos.

La primera fase del proyecto fue un recorrido de dos meses hacia el Polo Sur en el verano austral de 2007-2008, iniciado en esta estación de investigación noruega en el Este de la Antártida, a 235 kilómetros de la costa.

Este verano, un equipo de 12 personas, incluidas 6 que participaron en la primera expedición, inició el 23 de diciembre el viaje de vuelta, en vehículos de nieve que avanzan despacio. Pese a su lentitud, los vehículos son "fabulosos", según el jefe de la expedición, Tom Neumann.

Un siglo después de que los exploradores llegaron por primera vez el Polo Sur usando esquíes y trineos tirados por perros, estos científicos del Siglo XXI recorrían la zona con computadoras portátiles, conexiones a la Internet vía satélite, comiendo 3 veces al día en un módulo con calefacción y durmiendo en literas en otro módulo.

"La idea era tener que dedicar el menor tiempo posible a tareas de supervivencia y la mayor parte del tiempo a investigaciones científicas", expresó Neumann, un geofísico de 35 años de la NASA.

El grupo incluyó 5 científicos con doctorados, entre ellos Ted Scambos, un renombrado experto en cuestiones polares que participó en otras 9 expediciones.

Su dedicación es total y pasan 4 meses alejados de sus familias. Zoe Courville se había casado hacía menos de un mes cuando empacó sus cosas y se vino en octubre.

Igualmente vitales para la expedición fueron varios noruegos que no son científicos, como Ole Tveiten, un médico que vela por la salud de todos y Svein Henriksen.

El 18 de enero Henriksen sacó las castañas del fuego: Recuperó el taladro.

"Sin que me diese cuenta, Sven preparó un gancho", recordó Albershardt tras su llegada aestación 21 de febrero.

En su taller, Henriksen armó algo que Neumann dijo se parecía a un "tulipán boca abajo" y probó fortuna en el hoyo de 10 centímetros de ancho y 62 metros de profundidad que había cavado Albershardt. Pudo enganchar el cable, pero cada vez que comenzaban a subirlo, se caía.

36 horas después lograron izarlo hasta que quedó a 3.3 metros de profundidad. Era imposible seguir subiéndolo. Entonces cavaron en la nieve hasta llegar al cable y lo acoplaron al cabrestante.

El taladro seguía atrapado en el hoyo y para recuperarlo necesitaban etanol, algo que no tenían.

Cuatro días y medio después de que iniciaron la operación, llegó un avión que llevaba 40 litros de etanol.

Henriksen improvisó una botella de plástico cuyo pico se abría cuando se tiraba de una cuerda. La bajaron a la altura indicada, tiraron la cuerda y dejaron que el etanol bañase el taladro. Al día siguiente recuperaron el aparato, que no sufrió daños.

La caravana científica reanudó su marcha, con "Lasse" al frente y "Sambla" en la retaguardia. A los cuatro vehículos de nieve les habían dado los nombres de perros que participaron en las primeras expediciones.

Al volante de Lasse, Stein Tronstad, observaba un radar que detecta grietas como las que causaron estragos en otras expediciones previas.

A 100 metros, la científica británica Kirsty Langley, del Instituto Noruego, estaba pendiente en Sembla de un radar de baja frecuencia que mide la profundidad de la capa de hielo y la topografía de esa zona montañosa.

Langley escuchaba música con auriculares. Pensaba en los cristales de hielo, que son minúsculos, pero que forman capas gigantes de hielo, "nosotros no somos nada, apenas pequeños puntos negros".

Todos salían a esquiar cuando no tenían nada qué hacer o se reunían en uno de los módulos a ver "El Padrino" y "El Señor de los Anillos".



Baños, duchas, películas, cabinas cómodas, con calefacción. Este es "un viaje de lujo" comparado con las expediciones de antes, en las que usaban tiendas y cavaban pozos para hacer sus necesidades, señaló la científica finlandesa Anna Sinisalo, de la Universidad de Oslo.

Pero los peligros acechan. El 11 de febrero, en una meseta de 2,700 metros, el viento llegó a los 50 kilómetros por hora y las temperaturas bajaron a los 65 grados centígrados bajo cero.

A esas temperaturas uno se congela apenas sale de los módulos, pero tenían que trabajar, pues los motores se congelaron.

Henriksen y varios miembros del equipo desafiaron las inclemencias y trabajaron 8 horas a la intemperie. "Cinco o seis de nosotros sufrimos lesiones por el frío", dijo Scambos. Al final, resolvieron el problema.

Completado el recorrido, el próximo paso era analizar los datos de las expediciones y ver qué enseñanzas dejaron.

Uno de sus objetivos es analizar 4 toneladas de hielo, que almacenaron en 80 cajones y transportaron en un buque de carga ruso. Observarán mil años de historia geológica y determinarán cuánta nieve cayó y bajo qué temperaturas. Determinarán patrones del clima y verán cómo se acumula dióxido de carbono en la atmósfera. Analizarán el fenómeno de derretimiento del hielo que hace subir el nivel del agua de los océanos.

La expedición ya puede haber ayudado a determinar si están subiendo las temperaturas en el Este de la Antártida. Scambos dijo que los primeros datos indican que "pudo haber habido un pequeño calentamiento en los últimos 30 o 40 años".

El pasado permite mirar qué pasará cuando el hielo se derrita

La información nueva sobre el pasado de la Antártida permite atisbar lo que podría deparar el futuro a medida que se calienta el planeta.

La capa de hielo de la Antártida Occidental se derritió periódicamente entre hace 3 y 5 millones de años y provocó que el nivel de los mares subiera casi 5 metros, según el primer examen del suelo debajo de la capa de hielo de Ross. Asimismo, nuevos modelos de computación sugieren que las aguas más templadas atacaron el hielo por debajo. Ambas conclusiones aparecen en estudios que publicó la revista Nature.

"Lo que estamos viendo del pasado podría hacernos suponer que nos encaminamos a la pérdida de parte del casco helado de la Antártida Occidental", dijo Tim Naish, director del Centro de Investigación Antártica en la Universidad de Victoria en Nueva Zelanda.

Esa capa de hielo es enorme. En años recientes, trozos de hielo más pequeños se desintegraron y otros están al borde del desplome, pero esos episodios no son comparables al derretimiento masivo de toda la región estudiada.

El derretimiento total de los hielos en la Antártida Occidental no ocurrirá demasiado rápido, ya que podría tomar cientos de años o quizás mil, lo que es más lento que algunos de los pronósticos más osados, dijeron los autores.

Un informe insinúa que las temperaturas tendrían que aumentar unos 5 centígrados para desplomar completamente el hielo del sector, aunque los autores advirtieron que era un cálculo aproximado.







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