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LA OPINIÓN DE:
Edna Lorena Fuerte
*VISITA DIPLOMÁTICA

19 de abril de 2009.

La tan anunciada visita de Barak Obama, presidente de los Estados Unidos, a nuestro país, ha sido una ejemplar muestra de lo que se entiende por diplomacia, en todos los sentidos. Un despliegue de cordialidad, buen humor, mejores voluntades y, sobre todo, esperanza; pero, claro, sin ningún compromiso concreto y con muy poca claridad respecto al futuro de los temas torales de la relación bilateral.

La diplomacia tiene su lado resplandeciente, la cara que se da al exterior, llena de sonrisas, frases construidas con el tacto necesario y el prudente arrojo de los justos, todo es cordialidad. Pero su otro rostro, indivisible uno de otro, es precisamente la falta de compromisos, el tiento y la mesura excesivas, el hacer sólo lo políticamente correcto y buscar en todo momento quedar bien con todos los sectores.

Tal parece que en una ligera mala interpretación del sentido de la diplomacia, se puede caer en la exterioridad excesiva, cuidar las apariencias, en ocasiones lleva a descuidar los asuntos de fondo; lo que se torna de la mayor importancia cuando estamos hablando de “un momento histórico de la relación entre nuestras Naciones” –para parafrasear los discursos de ambos mandatarios en este encuentro-, pues el riesgo de tratar asuntos fundamentales con mesura excesiva, nos lleva a caer el ligerezas.

Evidentemente no se trata de esperar que un encuentro de esta naturaleza ponga punto final a una compleja agenda de temas que nos ocupan en la relación con Estados Unidos, pero siendo una visita tan esperada, de una figura tan relevante como lo es el presidente Obama, esperaríamos tener de este encuentro una mayor claridad respecto a la situación tan compleja que enfrentamos, más aun si tomamos en cuenta la falta de un discurso homogéneo en el gobierno estadounidense respecto a la situación de este lado de la frontera.

Desde que se dio a conocer la agenda de la visita de Estado se evidenció un tanto de la naturaleza relajada, por llamarla de alguna manera, del encuentro, o yendo un poco más allá, como la calificaron algunos medios de comunicación, como una visita de “bajo perfil” por su prioridad hacia los eventos privados y su bajo impacto mediático, aunque finalmente fue inevitable el despliegue y la cobertura que se dio a todos los eventos, la relevancia era evidente.

Al fin, sin demeritar el simbolismo de la visita, su trascendencia geopolítica y su profundidad histórica; la nota, como parece convertirse ya en una costumbre del multirracial Presidente, la nota la dio su carisma, su forma de dirigirse a los auditorios, su presencia relajada y afable, su conexión empática con los discursos de nuestro presidente, y el tono ameno, sencillo, casi didáctico, de sus palabras.

No se le puede negar el componente de automática esperanza que despierta el señor Obama, imposible no recibirlo con sonrisas y cálidos apretones de manos. Pero dejando esto a un lado, nos quedamos con una visita que tocó muy pocas aristas, aunque el discurso fue propositivo y, ojalá, sea el comienzo de una productiva relación bilateral, que culmine en el análisis y solución plena de esas grandes problemáticas.

Migración, seguridad nacional, narcotráfico y crimen organizado, desarrollo regional y productividad, ecología y sustentabilidad, interculturalidad, y un largo etcétera, son algunos de los temas prioritarios de la relación entre nuestras dos Naciones, muchos de ellos demandando la más urgente atención, pues se encuentran ya en situaciones límite.

Esperamos, con fervor, que la ejemplar muestra de diplomacia del presidente Obama sea, con sin duda debe serlo, una clara muestra de la mejor de las disposiciones, quizá como no la habíamos visto desde Franklin D. Roosevelt. Mucho se ha dicho de todo lo que se espera de la labor de este nuevo e histórico Presidente norteamericano, y vale la pena pensar todo eso no como una transformación que depende de la voluntad de un hombre, sino como el gran momento histórico en el que este hombre tiene todas las posibilidades de marcar las pautas de la transformación.

Hemos visto en estos días la forma de hacer política desde las grandes esferas, la construcción de la diplomacia como cimiento de las relaciones cordiales, el diálogo abierto y la construcción de acuerdos; y confiamos en que detrás de ello hay una política realista y hacedera, pragmática en el mejor de los sentidos, pero sobre todo, una política que nos mire frente a frente, y esté dispuesta a ponerse nuestros zapatos para que podamos caminar de la misma forma. La diplomacia se necesita más allá de los discursos, en los acuerdos, en el diálogo, en el consenso y en el disenso; en la vida diaria.

Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es [email protected] para sus comentarios, muchas gracias.



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