Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
La familia estatal

6 de julio de 2009.

La representación popular que se disputó el día de ayer, sin duda que es un evento que marca una serie de implicaciones de trascendencia para la construcción democrática nacional. Es a todas luces deseable que los próximos diputados federales tengan la impostergable conciencia de desempeñar una función de naturaleza institucional, no más con tonalidades propias de cepa familiar, cosa que en este momento aún luce con visos de imposibilidad.

La partidocracia ha llevado a una situación en buena medida de Estado “podrido” y de sociedad “fallida”, en Ciudad Juárez particularmente se puede observar que los aglomerados partidistas grupusculares resultan cada vez más insufribles para una condición ciudadana que se encuentra literalmente harta de las truculencias siempre renovadas y permanentemente idénticas de los mencionados grupos de “amigos” y “familias” tribales.

Leonardo Sciascia, nuestro estudioso actualmente revisitado, afirmaba que “... La familia es la única institución verdaderamente viva en la conciencia del siciliano; pero viva más como dramático nudo contractual, jurídico. que como agregación natural y sentimental. La Familia es el Estado del siciliano...”, es decir, una forma de constelar relaciones y vínculos que se desnaturalizan al asumir una forma nepote e interesada, asociadas más por el interés instrumental del poder que por el contacto cordial del amor.

El paso a las transiciones modernizadoras de la democracia, forzosamente requiere de la realización de una mentalidad que trascienda el espíritu simple de la tribu y se instaure en las formas de vida y relación características de la existencia en los roles de la institucionalidad; tribu e institución significan en este sentido, los polos antropológico y sociológico opuestos, que determinan el grado de desarrollo de grupos humanos que al insertarse en estos patrones de convivencia marcan también tipos de conducta y cultura. La representación popular ha sido tarada por el espíritu del clan o de la tribu, los derechos de pertenencia al grupo en referencia pasan por ciertos lazos reales o simbólicos de sangre, esto sin contar por supuesto los imprescindibles pactos de silencio que son determinados por la marca del amo. Es necesario que la presión democratizadora de la sociedad civil atempere la acción policíaca de un Estado que se sustenta en los intereses de tribus, en ese sentido, la vigilancia cívica antimafia debe impedir que el Estado se declare en estado de guerra continua, lo que permitiría la abolición o rebaja de las garantías constitucionales, circunstancia de naturaleza fascista, esa perpetua movilización guerrera.

En similar dirección, la calidad o contextura de la participación ciudadana debe ser una condición y a la vez una consecuencia de la vigilancia antimafia, sin una ciudadanía alerta e inteligente las cosas seguirán como están, los “representantes” populares continuarán ahondando la brecha entre política y sociedad. Leonardo Sciascia se refería a esta calidad en los siguientes términos, para definir la visión del ser humano que comparten fascista y mafioso: ”...tengo una cierta práctica del mundo; y lo que llamamos humanidad, y se nos llena la boca al decir humanidad, hermosa palabra llena de viento, la divido en cinco categorías: los hombres, los mediohombres, los hombrecillos, los, hablando con respeto, tomaporculo y los cuacuacuá... Hombres hay poquísimos; mediohombres, pocos, pues ya me daría yo por contento si la humanidad se agotara con los mediohombres... Pero no, sigue descendiendo hasta los hombrecillos, que son como los niños que se creen mayores, monos que hacen los mismos gestos que los mayores... Y, todavía más abajo, los tomaporculo, que se están convirtiendo en un ejército... Y por fin los cuacuacuá, que deberían vivir como los patos en las charcas, pues su vida no tiene mayor sentido ni mayor expresión que la de los patos...” (El Día de la Lechuza; Tusquets; 2008; p. 119) Es conveniente recordar a otro ilustre mafiólogo italiano, Roberto Saviano, que a pesar del acoso brutal de la mafia camorrista napolitana, expresó la necesidad de conocer y denunciar los mecanismos del sistema como una necesidad vital, diferenciando la lógica mafiosa del poder, del poder de la palabra cívica. Condición mínima para considerarse parte de los hombres “...aún dignos de respirar...”



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