Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
* Mestizaje

13 de julio de 2009.

Sin duda que lo ocurrido con la comunidad Le Baron en el municipio de Galeana por los crímenes recientes de dos de sus destacados miembros, mueve a una serie de reflexiones que son imprescindibles para intentar comprender lo que sucede no solamente en el estado, sino en la totalidad del país. Es apabullante la realidad y el peso del fenómeno criminal en su dimensión más brutal y tangible, sin embargo, no se limita a la mencionada dimensión, va mucho más allá enraizando en factores complejos de índole cultural, sociológico, antropológico y por supuesto, religioso, sin olvidar el impacto determinante del componente histórico.

Población inmigrante generada por el exilio propio de la persecución religiosa, grupo minoritario que se trasladó a la región noroeste de Chihuahua a finales del siglo XIX, caracterizado también por la visión individualista pero altamente productiva definitoria del espíritu protestante, portadores por lo tanto de un intenso sentido providencialista sobre el significado de sus acciones y prácticas, convencidos de la nobleza obligada para con la generosa tierra receptora de su exilio inevitable, han vivido por más de un siglo procurando dar sentido a su peregrinar espiritual e histórico.

Culturalmente excepcionales –para bien o para mal, según las claves morales del juicio posible-, practicantes en ese sentido de la construcción de relaciones de parentesco ancladas en la emocionalidad y significados amorosos de la familia emergida de la institución del matrimonio plural en relaciones poligámicas, han venido pugnando por su legitimidad cultural paralelamente al respeto jurídico observado hacia las leyes mexicanas contrarias a la poligamia, y a la misma práctica oficial de la iglesia mormona hegemónica, que desde 1890 prohibió la práctica mencionada.

Sin embargo, trascendiendo la contextura de su mismo cuerpo comunitario en sus diversas significaciones culturales, a lo largo de una historia que ya les ha dotado de un indudable perfil social, es un hecho reconocido por todos, la innegable capacidad y vocación productiva, próspera, que la comunidad lebarona ha comprobado en su arraigo en tierras mexicanas, propiamente chihuahuenses. Es evidente el fabuloso empuje que la vida en sus principios ético-religiosos les confiere, sus convicciones traslucen una fortaleza de conducta que seguramente el mestizaje predominante en la historia de nuestra nación envidiaría para los días de fiesta y culto, ante eso, cómo no reconocer la condición enclenque de nuestras supuestas instituciones fundantes Llamativo, por decir lo menos, la defensa de la “mexicanidad” o de la “chihuahuanidad” ante la maldición de la violencia genocida desatada por el crimen organizado, defensa concebida en el seno de identidades cultivadas en procesos históricos de largo calado, que viene hoy a ser protagonizada por una comunidad en sus orígenes étnicamente nórdica, de religiosidad cristiana protestante, exiliada por la persecución de su propio grupo matriz asentado en el continente americano, además viviendo y conviviendo en la lógica cultural reproductiva que les ha permitido enfrentar su difícil condición de minoría acosada y excluida, en un observado peregrinar que los ha hecho crecer hacia una población fluctuante de entre 1500 y 4000 habitantes, con una extensión probable de 9000 si se considera a los radicados por largas etapas en los Estados Unidos, desde donde envían importantes remesas para ser invertidas en la economía mexicana, chihuahuense.

Es importante que lo ocurrido a los lebarones sea profundamente reflexionado por el análisis cultural mexicano, chihuahuense en lo particular y específico, el martirio de sus líderes implica un verdadero acto de valor cívico pero a la vez rebasa con mucho esa simple realidad deseada. Es de hecho una muestra para superar la estupidez electorera que envilece la comprensión y entroniza el cálculo voraz, representa una privilegiada y trágica oportunidad excepcional para ubicar las coordenadas de la inteligencia en los temas torales de nuestro ennegrecido tiempo histórico. Es un verdadero llamado profundo a la percepción de la identidad, por eso la lucha de los lebarones y la sangre derramada en las personas de sus líderes, significa la concreción fabulosa de un mestizaje que pugna y grita por la legitimidad honrosa de su existir reprimido, acosado.



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