Weekly News

LA OPINIÓN DE:
Sergio Armendáriz
* Gazas

17 de agosto de 2009.

Mucho ruido han causado las declaraciones del Gobernador de Texas, Rick Perry, en torno a las fronteras existentes entre Israel y Palestina, por una parte, y por otra, México y los Estados Unidos, específicamente la dada entre las ciudades contiguas de Juárez y El Paso.

Sin duda que si las mismas se refirieran a una intención expresa de comparar, serían imprecisas en lo académico y desafortunadas en lo característicamente llamado político. Las raíces del conflicto israelí-palestino ciertamente es de orígenes milenarios, involucra causas profundas de corte histórico, religioso, antropológico, socio-político y por supuesto, también militares, propiamente, de guerras. Es prácticamente por su jerarquía en el desarrollo de la humanidad, una especie de choque de civilizaciones, parafraseando con prudencia al recientemente desaparecido Samuel Huntington.

Las razones de la violencia tienen estratos diversos en las estructuras sociales que las generan, en ese sentido pueden ser más o menos profundas, las que se presentan en la frontera palestino-israelí son en tal dimensión, bien profundas, por decirlo de algún manera, tectónicas. Es un conflicto sostenido y sustentado por siglos de coexistencia estructural en permanente tensión, el trasfondo de la disputa territorial se ampara en valores y símbolos que se legitiman en los códigos sagrados de las creencias y prácticas religiosas, de los ancestrales mesianismos que disputan los espacios geográficos de guerras santas y cultivos de fe para las presuntas salvaciones de pueblos enteros y sus almas peregrinas, sin duda, los mencionados pueblos viven y mueren a lo largo de generaciones en ese universo histórico de confrontación, sintiendo las tortuosas bendiciones de la predestinación.

La disputa en México, la criminalidad en Juárez, tienen razones ciertamente muy distintas a las que generan los ambientes conflictivos del Medio Oriente; cultura, religión, historia, no figuran como factores causales determinantes de lo que se ha dado en llamar la guerra contra el narco, por el contrario, aparte de los siempre presentes aspectos económicos, financieros y patrimoniales, no involucran aspectos sustantivamente culturales, están diametralmente lejanos de la tipología de las guerras santas. La “guerra contra el narco”, como decidió comprometedoramente nombrarla Felipe Calderón, jefe del ejecutivo federal, es efectivamente un escenario criminal de rapiña y miseria, de lucha corrupta por el lucro y el poder utilitario, en lo absoluto implica un sentido de heroicidad y trascendencia; afanes simples de poder revestidos de folklorismos que tiñen un horizonte enrarecido de desolación, intimidación y muerte. Quizá un factor en común, con características internas, íntimas incluso, distintas, sea el de la disputa por los territorios. En un caso, observamos la disputa por el territorio imprescindible de sobrevivencia, de preservación y consolidación de la identidad nacional, en el otro se percibe el jaloneo puramente mercantil por las áreas de circulación, distribución y venta de los estupefacientes que enriquecen en la cobertura de ganancias tanto a los grupos en pugna como al aparato político que ha formado parte del corporativismo mafioso que desgasta y degrada al organismo social que padece los estragos de una masacre sin mística que la sacralice o siquiera justifique. Posiblemente a pesar de las enormes diferencias que aquí apenas se esbozan, sí llame poderosamente la atención el volumen de muertos que asciende escandalosamente en nuestro derramadero de sangre, acumulado de cadáveres jóvenes, que en su casi apabullante anonimato no ritualizan el menor sentido de grandeza trágica.

Sin duda, las sociedades disponen de mecanismos y códigos culturales que preparan para vivir y morir a sus integrantes en las sucesivas generaciones que las nutren, el destino de la nación es un gran combustible ideológico e incluso religioso del grupo social. Es obvio que se muere tanto en la frontera de Gaza como en la del Bravo; no hay razones de peso, ni raciales ni discriminatorias, que auspicien declaraciones fincadas en la ignorancia o en la oportunidad mediática, aprovechadas por políticos olvidables. Sin embargo, violencia y muerte masivas otorgan incómodos permisos mentales para comparar lo incomparable, para dar lugar a la siniestra metáfora de la Frontera de la Muerte.



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