Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
* Enfoque

5 de octubre de 2009.

Desde las altas esferas de la clase política estatal e incluso nacional, se habla acerca de la necesidad de llevar a efecto un verdadero renacimiento cultural para lograr superar el durísimo trance relacionado con la crisis social, económica y de violencia e inseguridad que hace presa a Ciudad Juárez, el Estado y la República en sus secuelas generales.

En lo concerniente a Ciudad Juárez y a Chihuahua como entidad, sin duda que hace falta un nuevo enfoque para atender el drama colectivo, que avizora lamentablemente verdaderos visos de tragedia y que no parece tener un dique de contención próximo. El hecho problemático, el factor que en buena medida se significa como obstáculo para avanzar en el tratamiento de un problema de semejante magnitud, radica en la escasa capacidad de enfocar las prioridades de la atención en las realidades públicas.

Es patente y patético observar que en Ciudad Juárez y en el resto del estado, la atención se concentra en el eje vicioso de un circo electoral que reparte los pedazos y las cuotas del manejo del patrimonio público como si fuera reducto de manipulaciones privadas, es decir, la vieja actitud patrimonialista de una clase política y una sociedad civil que en su cultura de control y gestión del poder, simple y sencillamente siguen perfilados en la inercia del uso y abuso de la riqueza colectiva a partir de los derechos fácticos generados por los triunfos en las “guerras” electorales, encabezadas por las máquinas “bélicas” de los partidos políticos.

Es deplorable observar que en los mentideros públicos, el tema central de la conversación social viciosa y periódicamente continúa siendo el manido referente a ¿…Quién es el bueno de quién...? expresando la especulación en torno a las componendas que las élites regionales y locales llevan a cabo para seleccionar los cuadros sucesorios que seguramente entregarán la explotación de los recursos públicos, a las mencionadas élites de competencias políticas, económicas o mediáticas, entre otras posibles. Sin duda que seguimos manejándonos en un esquema de cultura política parroquial, aldeana; los liderazgos continúan surgiendo de cuños tradicionalistas y carismáticos, bendecidos o consagrados por la apabullante acción mercadotécnica propia de los medios de comunicación vertiginosamente poderosos en la actualidad.

Los partidos políticos y los gobiernos siguen anclados en una visión corporativa, chata, carente de una auténtica visión modernizadora. La racionalidad informada cede sus derechos a una irracionalidad que tiene que ver con cuotas de poder, nepotismos, despotismos folklóricos, intereses anclados en el espíritu de la mafiosidad y en deseos inescrupulosos servidores de cuchara grande en lo relacionado al dispendio de dinero, especies y personas. Bien poco podrán prometer los reciclados y envejecidos prospectos a conducir los destinos de Ciudad Juárez y del llamado Estado Grande; poco han hecho en realidad por cambiar costumbres y usos de ejercicio democrático del poder; la feria de las promesas está en crisis, el dinero público requiere ser gastado con real y efectiva transparencia, para lograrlo es indispensable no conformar grupos incondicionales o generaciones serviles que impliquen entrega absoluta y envilecida de la representación ciudadana al poderoso en turno.

Es importante no naufragar en el distractor universal de una conversación pública devorada por los intereses político electorales, dado que existen otros temas que debieran ser parte de la propuesta de una agenda también pública y vital para salirle al paso al desgaste brutal del tan llevado y traído tejido social. Por ejemplo, me entero a través de un reportaje generado en este mismo medio de comunicación, de la importante acción que se lleva a cabo a partir de un programa que se denomina Escuelas Abiertas para la Equidad, aplicado en un conjunto de Escuelas Secundarias y que aglutina importantes esfuerzos de socialización cultural realizados por diversos actores de Ciudad Juárez.

El referido programa educativo permite construir a la escuela en un espacio que se yergue como un microuniverso institucional generador de confianza pública, en el cual se puede convivir y hacer convivir a los padres de familia, hijos y maestros, triángulo fundamental para inducir nuevos rumbos de camino social.



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