Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
* Infieles difuntos

2 de noviembre de 2009.

Sin duda que la Cultura permite la formación de identidades tanto individuales como colectivas. Las costumbres y los usos, los hábitos y las creencias, las prácticas humanas en sociedad propician los acercamientos a núcleos de cohesión y solidaridad entre las personas involucradas a lo largo de la historia en su dimensión presente, algo así como reconocer la efectividad vital de la presencia del pasado, una vitalidad presente que impide que el pasado simplemente pase, sin trascendencia posible y por lo tanto como un acontecer sin valor humanístico.

El día de ayer, en el Editorial de El Diario cuidadosamente redactado como siempre, por el Pbro. Hesiquio Trevizo –soy asiduo lector de su magistral y dominical columna- pude observar un texto que cada vez más anuncia su entrega comprometida con su vocación de salvación cristiana, católica específicamente. Resuenan en mi percepción, dos expresiones de primera importancia al respecto de la situación de violencia y mortandad imbécil que padecemos en Ciudad Juárez, una auténtica toma de posición que amerita rescatar los valores valientes que le sustentan.

La primera expresión que deseo citar es aquella que se refiere a la necesidad de enfatizar la condición de religión de salvación que le es consustancial al cristianismo; no una simple creencia, tampoco una simple exhibición de principios morales o de categorías éticas, menos por supuesto, un lucidor convencionalismo social, hueco y por lo tanto, falso. Textualmente se lee en el mensaje que refiero “…El hombre no necesita simplemente ser aconsejado, necesita ser salvado…”, haciendo referencia a una vocación interpretativa del cristianismo que se escindió hace ya siglos, debatiéndose entre el agustinismo y el tomismo, entre la imperiosa salvación compasiva y el orgullo tentador del llamado libre albedrío. Ciertamente y a estas alturas de la modernidad –posmodernidad incluida, como fruto último de la primera- se puede afirmar la presencia de una nefasta especie de probable “traición al cristianismo”, emanada del cuerpo cristiano fundamental que denominamos Iglesia.

En el mismo sentido, el Pbro. Trevizo en el párrafo final de su entrega dice “…desde nuestra fe, en sentido estricto, ¿no vemos en el cataclismo de los valores humanos y cristianos, un déficit en la misión evangelizadora de la Iglesia, misión que constituye su más profunda razón de ser? A ello me refería cuando hablé de falta de liderazgo, y el único liderazgo de la iglesia, es impulsar la santidad en la vida de los fieles...” Se calibra realmente los alcances de la expresión “déficit en la misión evangelizadora de la Iglesia”…? Eufemismo y piadosa forma de hablar acerca de una gigantesca impostura que implica un horroroso fracaso, acto fallido de milenios por parte de una institución que difícilmente puede autocontemplar una traición cultural, cual si fuera un empresarial déficit. Vaya significado cimbreante de todo un proyecto de civilización. La palabra del Pbro. Trevizo es alentadora, activa una vocación de humildad, sacrificio y anhelo de eternidad en la sufriente comunidad cristiana fronteriza, cuerpo dolorido de sangre y muerte infames.

En Ciudad Juárez, es elemental reconocer que estos días de fieles o infieles difuntos, empalmados con brujas y monstruos, en una enorme mayoría de casos progresivamente indistinguibles, poco lugar existe para el ejercicio irónico de la muerte celebrada. En tal sentido, de poco sirve la metáfora cuando la realidad apesta a flagrancia. En Ciudad Juárez la simbología mexicana de la Muerte será en estos días más un distractor o un ejercicio literario cínico; cierto, jamás carente de ingenio inteligente, una especie de respiradero macabro, un golpe de lóbrego humor involuntario, una burla complaciente sobre el brutal escarnio social que el galope genocida practica sobre la sociedad y la cultura fronteriza. Nada trascendente tiene hoy celebrar la muerte abundante y estéril; la barbarie es precisamente eso, “anticultura”, la plenitud de la edad del fango, en labios de Octavio Paz. Por lo tanto, la celebración se reduce al salvaje espíritu “halloweenesco” de consumo comercial, de terror epidérmico, ese sí, muy propicio para vestir con gala a la peste de la mortandad grotesca que hoy padecemos, sin sentido, sin pena y por supuesto, sin gloria.



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