Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
* Hombres de honor

24 de noviembre de 2009.

La transparencia siempre es una virtud en el manejo de los asuntos llamados públicos, independientemente de que en algunas circunstancias arroje luz y claridad sobre hechos no del todo benévolos para los grupos sociales involucrados en dichos asuntos. Hoy, en el país entero, y de manera especial en la coyuntura del Estado de Chihuahua, así como en la particular situación de Ciudad Juárez, el hecho político-electoral exhibe con toda su crudeza su natural impulso de escasez de escrúpulos, no porque desde siempre no haya sido así, sino porque ya no puede encubrirse más, dado el escenario mediático y de crisis político-partidista que se padece actualmente.

Una de las consecuencias del hoy justamente celebrado acontecimiento, que a 20 años de distancia se le reconoce como la caída del Muro de Berlín, es decir, del desplome imponente de lo que se llamó el socialismo real, consistió en el encumbramiento reflejo de una visión capitalista triunfalista y cínica, carente del contrapeso tanto ideológico como político, que significó la presión movilizadora del pensamiento sindicalista y proletario, armado incluso de organizaciones de acción directa, guerrillera o revolucionaria.

La evolución de los acontecimientos a lo largo de dos décadas en el mundo entero, en su prácticamente absoluta totalidad, dejó en la indefensión a enormes grupos humanos que únicamente contaban con el recurso de su fuerza de trabajo para sobrevivir y reproducirse, obvio, con una representatividad política disminuida, que los condenó a depender de una reconversión mundial al capitalismo unipolar, que celebraba con bombo y platillo su triunfo “final” sobre las ruina de su odiado enemigo de postguerra: el sistema soviético socialista, incluyendo en el mismo a todos los satélites colonizados.

El impacto de los acontecimientos fue, por supuesto, global; políticamente produjo la entronización galopante de los viejos y nuevos intereses rapaces de una clase dirigente, compuesta por hombres de empresa y políticos condescendientes que al traducir compañía en alianzas lucrativas, altamente redituables, se posesionaron de los aparatos de distribución y control del poder que quedaba en buena medida a la deriva y sin equilibrios por la defunción de uno de los polos en lucha, es decir, el cadavérico socialismo real. En todo el orbe se presentó esto que Francis Fukuyama dio en llamar el “fin de la historia”, esto es, la victoria última del capitalismo soberbio.

En semejante escenario, los dueños del capital se convirtieron en el factor omnipotente de control económico y como patrocinadores de la democracia electoral, también en los colonizadores del régimen político. Formas de capital no ortodoxo, en esa lógica quizá motejado de delictivo, emergieron con pavorosa fuerza, es el caso de la criminalidad organizada, que entre otros giros negros, terminó por llevar a la cumbre al tráfico de drogas, actual forma suprema de acumulación negra de capital. Sabemos que es harto complejo identificar los trasvases entre capital negro y blanco, si es que fuera más o menos válida la división conceptual a estas alturas del partido, sin embargo, lo que es innegable, es que ambas modalidades se han hecho en buena medida del control de los beneficios de un sistema democrático electoral que los convierte en ganadores indiscutibles de las prebendas que surgen de su operatividad. Constituyen una especie de sacro patronato de las campañas electorales, han convertido a los partidos políticos en membretes franquiciatarios de sus corporativos intereses de poder.

Hoy en el Estado, en Ciudad Juárez, se transparentan sin el estorboso rubor de un pudor olvidado, las ansias de manifestar en donde radica el puro poder puro, sin las ataduras innecesarias de máscaras ideológicas que atemperen los apetitos de privatización final, del viejo sueño de racionalidad del Estado, con toda su cauda estorbosa de valores de legalidad y justicia social, dando lugar a la impunidad como estrategia política. Hoy, los “Hombres de honor”, reclaman la plenitud de sus derechos como amos del régimen político electoral, tienen la autopercepción de ser los padrinos del sistema, sus criaturas son exhibidas como tales y lucen con poca penosa alegría, la marca de un origen vetado para la nobleza inteligente.





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