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Van a cumplir promesas o pedir trabajo

11 de diciembre de 2009.

El hombre se ha puesto en fila detrás de una multitud que enciende veladoras y las coloca devotamente sobre el nicho de los milagros, en uno de los costados de la Basílica de Guadalupe. Recibe un llamado en su teléfono móvil. Le recuerdan la comida de la una treinta y él se disculpa. A esa hora, dice, estará en misa, y la ceremonia le resulta imprescindible: hizo una manda a la Virgen y no puede fallar.

"Era mi novia", revela minutos después, cuando ha encendido su propia veladora, como gesto de gratitud. Dice que es contador público y que se llama Gilberto. En febrero fue despedido de su antiguo trabajo y, tras una plegaria en mayo, en ese mismo santuario, recibió una oferta laboral a mediados de julio. "Vengo a cumplir mi promesa".

Ofrendas como ésa pueden contarse por miles a través del año, pero los primeros días de diciembre sobrepasan el millón. Así que cuando el contador penetra al templo para acudir al rito, a medio día del miércoles, su veladora es retirada por uno de los empleados de la Basílica, junto con otros cientos de cirios, para darle cabida a los que vienen en procesión con más candelas.

Adyacente al depósito de veladoras se levantó una carpa. Debajo, un cura arroja agua bendita sobre imágenes y cuadros de la Virgen de Guadalupe. Los espacios más próximos al sacerdote desaparecen de a poco. Son muchos los que quieren llevarse la protección del agua que esparce.

No es el día culminante de la celebración. Faltan horas. Por eso en la enorme explanada y los templos que forman el conjunto guadalupano puede transitarse con algo de libertad.

Grupos de feligreses descansan fatigados de sus largas travesías. Comparten el secreto de sus promesas o de la hiriente zozobra que los ha traído con la última esperanza a cuestas.

"Yo lo que quiero es trabajo, de lo que sea, no le hace que me paguen poquito", le dice Evaristo García a unos jóvenes llegados de Aguazarca, Querétaro. Evaristo es un hombre sin oficio, o mejor dicho, con muchos: "Le hago a todo, a lo que usted mande". Pero lleva dos meses sin nada.

CUNA DE LA FE

La Basílica es el recinto católico más visitado del mundo después del Vaticano. Y si la contabilidad se ciñera a los devotos, sería entonces el primero, afirma Mercedes Aguilar Lara, encargada del archivo histórico del santuario. "Roma tiene más visitantes, pero muchos son turistas", explica.

Los documentos bajo su resguardo refieren procesiones desde mediados del Siglo 19. Es la época en la que el Abad y el Cabildo de Guadalupe logran mayor contacto con las diócesis y reciben apoyo suficiente para impulsar la celebración.

Años más tarde, cuenta Aguilar, en la década de 1920, surge la idea de las marchas tumultuosas.

En 1895, tras el acto de coronación de la Virgen, la proyección del culto había entrado en una de sus fases culminantes, sobre todo entre la clase política y económicamente poderosa. Eran los tiempos del Porfiriato, un momento de remanso en las relaciones entre Iglesia y Estado.

La Revolución y la Guerra Cristera, en los albores del Siglo XX, devolvieron el carácter popular a las peregrinaciones. "El culto volvió como único reducto de fe para el pueblo", dice Aguilar. La Virgen de Guadalupe fue nombrada Patrona de la ciudad y posteriormente de la Nueva España, en 1737. En 1945, el Papa Pío XII la declaró Reina de México y Emperatriz de las Américas.

"Pero es a partir de la década de 1980 cuando alcanzamos la época culmen del culto, que no siempre fue así", dice Aguilar.

ÍCONO CULTURAL

Varias son las diócesis involucradas en los festejos. La llegada masiva de creyentes precisa el trabajo coordinado de unas 400 personas, incluyendo ministros de la Iglesia. No sólo de parroquias salen los guadalupanos. Empresas, dependencias de Gobierno y escuelas organizan visitas. Y la mayoría converge entre el 1 y 12 de diciembre.

El único espacio silencioso dentro del enorme complejo está negado a los fieles.

Marcela Vallecillo, encargada del área de comunicación, toma uno de los elevadores que conducen al quinto piso de la Basílica. Es una bóveda. Ningún ruido se cuela hasta allí. Afuera ha despachado a periodistas, cineastas y documentalistas. "Esto apenas comienza", dice la vocera. "Pero ya nos estamos acostumbrando después de cinco años". Los cálculos para este año dicen que llegarán unos siete millones de personas durante la primera docena del mes, y que casi la mitad -tres millones- llegará entre viernes y sábado.

"Vengo a darle las gracias a la Virgencita", confía una señora de 75 años, sentada sobre una saliente de concreto. Se llama Margarita. Quiso llegar a pie, del brazo de su hija de 54. Jadea y se soba las piernas. Muestra las várices de sus pantorrillas, nudos violetas bajo la piel. "Estaban peor, no me dejaban ni caminar. Pero le pedí a la Virgencita que me curara y, ¡míreme: aquí estoy!".



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