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Ripstein: el ogro del cine mexicano

16 de diciembre de 2009.

Arturo Ripstein es un cineasta polémico, multipremiado en festivales como los de Venecia y San Sebastián. Cada año lo invitan para ser jurado en festivales de América, Europa y Asia o para estar presente en retrospectivas de sus filmes.

Ayer recibió en Oaxaca el Premio Internacional de Cine Digital El Pochote 2009, de manos del artista plástico Francisco Toledo y de Armando Colina y Víctor Acuña, directores de la Galería Arvil, creadores de tal galardón.

El director de El Castillo de la Pureza, Profundo Carmesí y El Carnaval de Sodoma batea rectas y curvas con buen sentido del humor en entrevista.

→ En los vagones del metro de la Ciudad de México venden su "Lecumberri. El Palacio Negro" y anuncian que fue hecho por "el valiente periodista Arturo Ripstein". ¿Qué opina?

El beneficio que eso le produce al valiente periodista es que alguien vea su trabajo, pero estoy en contra de la delincuencia. A final de cuentas, alguien sale beneficiado económicamente y no soy yo.

→ A Profundo Carmesí le dan tres premios en el Festival de Venecia y aquí la vapulean los críticos.

Sí. Eso es ejemplo de la famosa cubeta con cangrejos.

→ ¿Se traumaría si reencarnara en crítico de cine?

Ojalá que también el crítico de cine se vuelva cineasta, para poder ejercer la ley del talión.

→ ¿Sirve de algo la crítica?

No en México, porque es torpe y mal escrita. Aquí, al que no sabe de futbol o de sociales lo ponen a escribir crítica de cine. En otros países se hace con rigor y honestidad, y sí importa.

→ ¿Alguna vez le sirvió leer alguna de esas críticas?

Sí, sobre todo algunas que me hicieron luego de Tiempo de Morir, era joven. Me dolía que dijeran que era lamentable y patético, pero tenían razón. Luego dejé de leerlas, y luego dejé de leer periódicos.

→ Las noticias que circulan el día de hoy hacen ver a algunas de sus cintas como un juego de niños.

En mi infancia, cuando le daban dos puñaladas a alguien en la colonia Algarín, hablaban de eso en los periódicos durante toda la semana. Pero hoy se habla de que en tal día tan sólo hubo 19 decapitados.

→ ¿Don Alfredo Ripstein jamás sintió celos de que Luis Buñuel fuera su "padre intelectual"?

Ellos eran muy amigos.

→ ¿Los genios no deben tener hijos?

Eso lo decía Dalí. En el caso de Luis Buñuel, debió hacerle caso, porque luego salen como Juan Luis. Debe ser terrible darse cuenta que uno es hijo del portento y que heredó el talento de la madre.

→ ¿Cómo fue su relación con don Alfredo?

Yo lo quise mucho y espero que él me haya querido igual. Nos peleábamos todos los días, pero todos los días nos reconciliábamos.

→ ¿Y profesionalmente?

Muy difícil. Él era un gran productor y yo era un director muy caprichudo, metiche, controlador y malo... mal director, no mala gente.

→ ¿Es cierta su fama de un ogro como director?

Sí, claro. No puedo controlarlo. Algunos actores se persignan, van a la Villa y se ponen nopales cuando les propongo volver a trabajar conmigo. Otros aceptan gustosos.

→ ¿Le falta un Ariel por trayectoria?

¡Por el amor de Dios, ya tengo muchos! Nuestra Academia es lamentable, patética, torpe y desnutrida. Un clubcito de cuatitos. Su obligación no es dar premiecitos sino preservar materiales y fomentar la investigación.

→ Bueno, pero ya le dieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

Sí. A veces ha sido mayor el reconocimiento que el acontecimiento.

→ ¿Le gusta Reygadas?

Sí, es de los pocos interesantes.

→ ¿Por qué le gustan las telenovelas a la gente?

-Lo complaciente siempre es seductor.

→ Usted también le entró a los culebrones, ¿no?

Sí, hice un chorro. Cualquier telenovela de las que hice fue más vista que todo mi cine junto. Cuando leí Cien Años de Soledad, durante el proceso mismo de su escritura, García Márquez me decía: "Esto estaría perfecto para una telenovela. Ese género es el verdadero medio para alcanzar al público". Y tenía razón.

→ ¿Nunca recibió usted ofertas de Hollywood?

¡Chin, no! Nunca pude decir: "No, gracias". Como decía Julio Torri: yo que estaba dispuesto a ceder, y nunca cantaron las sirenas para mí.





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