Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
Regia tentación

4 de enero de 2010.

Para Octavio Paz cada civilización es una visión del tiempo: “… instituciones, obras de arte, técnicas, filosofías, todo lo que hacemos o soñamos es un tejido de tiempo. Idea y sentimiento del transcurrir, el tiempo no es mera sucesión; para todos los pueblos es un proceso que posee una dirección o apunta hacia un fin. El tiempo tiene un sentido. Mejor dicho: el tiempo es el sentido del existir, inclusive si afirmamos que éste carece de sentido…” En tal sentido, es la historia la disciplina cultural que recoge los desempeños del ser humano en el tiempo, registra lo hecho por las sociedades en ese supremo esfuerzo por sobrevivir y trascender a la muerte inevitable que todo lo acecha.

Este 2010 que recién empieza, será sin duda un escenario propicio para recargar la inteligencia y la emoción en varios sentidos; significados históricos propiamente, culturales, simbólicos y por supuesto, políticos, redundarán en una verdadera remecida de lo que puede llamarse aún la “conciencia nacional”. El año del Bicentenario, como de manera simple se le conoce, tiene un potencial enorme en las disminuidas posibilidades educativas de un país que vive obsesionado con la disputa por el poder, inmerso y sometido a una actitud democrática que se sustenta y desvive en el infantilismo electorero.

En ese sentido específico, la avalancha mercadotécnica ha desplazado casi por completo a la conciencia histórica en lo que respecta al ejercicio de la política; se ha impuesto la comercial lógica de vender las “marcas”, despreciando vilmente las condiciones de identidad cultural que sustentan a los circuitos de la comercialización, llevándose de por medio un valioso e indispensable sentido del tiempo integral, aquél que comprende tanto la trascendencia de lo vivido como aquello que detona los rumbos de lo por vivir, desde el anclaje provisional indispensable del instante que en el momento se vive.

Será muy interesante observar el discurso de una clase política que embarcada en el tobogán obsesivo de su ansia reproductiva, tendrá que vérselas con las dos gestas históricas que se contemplarán en la memoria colectiva del 2010 de la conciencia mexicana, chihuahuense y juarense. Desde la interpretación de la importancia actualizada de los héroes que “nos dieron patria”, hasta los que sembraron la ideología del nacionalismo revolucionario, significándolos en un contexto socio cultural e histórico atravesado por un mundo globalizado, con peligrosa emergencia mafiosa y en situación de crisis económica, como de desinflamiento de las esperanzas democráticas.

En la competencia política particularmente, la de los partidos y candidatos como protagonistas, resulta indispensable reactivar la crítica madura en torno a la inmutabilidad del subsuelo psíquico de sus prácticas profundas. En Chihuahua y los juarenses en sentido específico, observamos que el proceso decisivo socialmente de renovación de poderes que ya desemboca de manera definitiva este 2010, tiene manifestaciones de procedimiento enmarcadas en las viejas maneras y hábitos del patrimonialismo clientelista. En exceso didáctico con la proporción guardada, pero con validez en las implicaciones de la tan cacareada participación democrática, puede afirmarse válidamente que las prácticas políticas de la gran Tenochtitlan, las del México virreinal y las del México de Porfirio Díaz, son bastante semejantes a las que actualmente enmascara la transición democrática regresiva que vivimos.

Hay una realidad “democrática” que funciona para una minoría y otra realidad para la mayoría del país. Violencia e inseguridad debilitan las posibilidades democráticas, repuntando las formas autoritarias de control social, íntimas a la conciencia profunda de la política mexicana. El Bicentenario exige un análisis honesto y vigoroso de nuestras prácticas políticas profundas, es indispensable poner un cerco terminal al régimen patrimonialista hoy penetrado de mafiosidad, basta de que los jefes de los ejecutivos correspondientes gobiernen a la República como si fuera su casa y la “administren” no con sus iguales, sino con sus parientes y cómplices, que en realidad son sus criados; en este esquema, la democracia pierde razón de ser, reverdeciendo el arquetipo monárquico, imperial, vigente siempre en nuestra tentación y deseo.





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