Weekly News

La opinión de:
Edna Lorena Fuerte
* SOLIDARIDAD HUMANITARIA

17 de enero de 2010.

Nos estremecen las imágenes que nos llegan desde Haití, nos hablan de devastación y desesperanza, y nos recuerdan, como es con todas las tragedias naturales, lo pequeños que somos frente a las fuerzas tan complejas del planeta. El terremoto en Haití es una cruel muestra de cómo en segundos puede cambiar el destino y la historia de todo un pueblo, de cada familia, de cada persona, volviéndose una temible pesadilla.

Ante estas desgracias, sea del lado del mundo que sea, dejando atrás todas las consideraciones de relación que pueda haber con el país en desgracia, se convoca a la solidaridad, se espera que tengamos los mejores gestos humanitarios, para aliviar, en la medida que sea, la tragedia que están viviendo nuestros congéneres. En estas situaciones no cabe el análisis, la búsqueda de causas o el deslinde de responsabilidades, se trata del hombre frente a la adversidad, en una batalla de cuerpo a cuerpo.

Desde este espacio, como desde todos los medios y por todas las voces se ha hecho, llamamos a la solidaridad para con los haitianos, en nuestra memoria nacional está aun fresco el recuerdo del temblor del 85 y fácilmente podemos comprender la gravedad de la situación que viven en ese país. Junto con este llamado, me permito reflexionar junto con usted, amable lector, sobre el concepto de solidaridad humanitaria, cómo vivimos esa noción fuera de las tragedias de dimensiones evidentes como es el caso de Haití, y qué significado adquieren en un mundo que presume la globalidad y la dilución de sus fronteras.

Terremotos, tsunamis, tornados, huracanes, son la terrible mano de la naturaleza imponiendo su propio orden, y es ante ellos que el resto de la sociedad mundial, la que ha podido quedar a salvo de la desgracia, se vuelve empática, solidaria, busca los mecanismos para enviar la bien llamada “ayuda humanitaria”. Pero tal parece que nuestro concepto de solidaridad se ha limitado a ese tipo de tragedias, instantáneas, más allá del alcance de las fuerzas humanas, y hemos dejado las consideraciones de solidaridad para muchas otras tragedias en las que viven grandes porciones de esa sociedad mundial a la que pertenecemos.

Las tragedias que pueden tener responsables, las que históricamente han sumido a pueblos enteros en la desgracia, las que marcan la imposibilidad de los individuos frente al devenir del orden social o económico. Está ahí la pobreza y el hambre de millones y millones de personas, en África, América del Centro y del Sur y Asia, las guerras intestinas que han destruido por siglos enteros la historia de muchas naciones en el Medio Oriente, el África Subsahariana; o la violencia del crimen organizado, las dictaduras militares, o la injusticia del libre mercado, o todo aquello que sume en condiciones de desgracia la vida de miles, millones y billones de personas en todo el mundo.

Ante esto, la sociedad mundial, que sí es capaz de la solidaridad humanitaria ante las desgracias naturales, con las desgracias humanas, cierra los ojos, responsabiliza a quienes las padecen y termina por aniquilar las esperanzas debajo de las lapidarias acusaciones, el desprecio o la negación de las condiciones trágicas que se generan por los más diversos factores, pero que coinciden en ser el punto de quiebre de las historias de vida de países o ciudades enteras.

En Ciudad Juárez vivimos una situación de desastre trágico, que ha llegado a un punto de emergencia que no es comparable con un terremoto o un huracán que destroza en segundos una ciudad, pero que sí es similar a ellos por su capacidad de destrucción, por haber sembrado la desesperanza en nuestras tierras, por ser una fuerza que nos supera como individuos, que ha acabado con vidas, con patrimonios, que ha vestido de luto a nuestra ciudad y la ha convertido en centro del señalamiento y la vergüenza nacional. No estamos ante una tragedia que provoque solidaridad, sino rechazo, se nos hace responsables, tácita o explícitamente, de la situación que vivimos.

Para Juárez no hay solidaridad humanitaria, a pesar de los señalamientos que han hecho los organismos internacionales de máximo orden, a pesar de las visitas de los emisarios de la ONU, nuestros propios vecinos, los connacionales en el centro de la República o en cualquier otro estado, nos ven como culpables de nuestra situación, muestra de lo que no debería existir, emisarios de la desgracia. Olvidan con ese criterio que somos parte del mismo país, que hemos dado mucho a la Federación y que la situación de violencia en la que nos encontramos nos ha sido impuesta a los ciudadanos que tenemos nuestras vidas en esta frontera.

Nuestra ciudad tiembla todos los días, se estremece con cada ejecución, llevamos años de terremotos constantes que nos han traído la devastación, que nos han sumido en la desesperanza, muchos han visto derrumbarse su vida en este tiempo; pero aun así, no logramos que se escuchen nuestros llamados a la solidaridad, la búsqueda humanitaria de quienes enfrentamos el día a día de esta situación. En un mundo sin fronteras, donde se exaltan los valores del humanismo, la democracia y la igualdad, estamos cercados por el olvido.

Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es [email protected] para sus comentarios. Gracias.

Cd. Juárez, Chihuahua a 16 de Enero de 2010



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