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La opinión de:
Sergio Armendáriz
* Disputas

25 de enero de 2010.

Hace tiempo que las querellas ideológicas en los partidos políticos son simplemente ruido de oportunidad intrascendente, al menos en Ciudad Juárez, no existe un escenario de inteligencia ideológica que siquiera intente educar al electorado en la búsqueda del sentido formativo de la política. Representan solamente mediocres ejercicios estratégicos o incluso reducidamente tácticos, carentes del sustento programático, conceptual y comunicativo, que contribuyan al bolo alimenticio intelectual de la democracia. Es cierto que de tiempo atrás el mundo de los partidos políticos gravita en torno de la actitud pragmática en las disputas por el poder, sin embargo, pragmatismo no es ni cinismo ni tampoco ignorancia autocomplaciente en tal ajetreo.

Los partidos políticos que se aprestan para competir denodadamente por el poder en el 2010, lucen orfandad ideológica. La sociedad globalizada les ha exhibido en una ausencia dolorosa de posiciones informadas que legitimen con decoro sus apetitos de dominio de los aparatos de la administración pública, a todos niveles. Han descuidado con alarde, sus instancias de organización encargadas de los estudios y la capacitación ideológica para sus cuadros militantes y simpatizantes; se metieron en una insuficiente dinámica mercadotécnica, al cobijo de “lo que sea, que dé votos”, olvidando que detrás del voto depositado en la urna, siempre se encuentra una persona que tiene el derecho a ser considerado y formado como ente cívico.

Hoy, el espectáculo se muestra vacío, es imposible exigir a la ciudadanía que simpatice con lo que no comprende de la acción política, por el contrario, lo que realmente percibe son simples musarañas de acomodamiento engañoso, aproximaciones con ruta de complicidad, no organizaciones modernas que aspiren efectivamente a abrir el menú de la pluralidad política, acrecentando el horizonte del ejercicio democrático. Simplemente habría que preguntar a los encargados de los partidos políticos en Ciudad Juárez, acerca del trabajo de capacitación ideológica que formalmente están obligados a llevar a cabo como entidades de interés público. Dónde funcionan, desde cuándo lo hacen, qué figuras públicas y con qué sistematicidad se abocan a educar a sus cuadros en el conocimiento de la inteligencia ideológica partidaria. Sin duda interesante, resultaría cuestionar a todos los partidos acerca de los conceptos ideológicos que propician las vinculaciones en diversas alianzas electorales, sus historias nacionales y regionales al respecto, sus éxitos y fracasos en la disputa electoral a lo largo del breve tiempo democrático del régimen político.

Penosamente, los partidos políticos se evidencian como simples franquicias comerciales, hacen del poder público un simple bien de plusvalor económico, no les alcanza la cultura política para entender que en la disputa por el poder, se juega la construcción de un mercado de voluntades con profundo contenido social, y no el viejo escenario del tianguis a la caza de los marchantes. Los partidos políticos parecen empecinados en hablar sin importar las escuchas que les dan razón de ser y de existir con dinero público, en vergonzoso juego de pena ajena.

Insólito, los partidos políticos en México entran en “pudorosa” disputa por la condición moral de las alianzas que los vinculan en sus trajines electoreros. El espectáculo sigue ya desatado de cualquier intento de racionalidad cívica, lo que les importa es la “lana”, que implica tomar posiciones en el erario público; el patetismo es repugnante, aun se atreven a recordar algo así como la congruencia ideológica. El espectador observa la degradación incontenible de los escenarios del quehacer de la política; teatro, circo, carpa, maroma barata, sin duda, el mecanismo democrático ha quedado grande a la paupérrima alfabetización política de sus protagonistas. Hay algo de bueno, el desfondamiento de una clase en el poder que luce en plena flagrancia su jibarización cómica; qué lástima, tanta necesidad que tenemos de una práctica política que reivindique la indispensabilidad de la misma. La policromía de las ideologías ha muerto, le sobrevive la grisura mafiosa de la voracidad de poder. Lo que vemos hoy, es la puesta en escena de disputas risibles, no se ve como pueda entenderse todavía lo anterior, como real ejercicio de diálogo de modernidad democrática.



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