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Cuando la maternidad es un asunto de niñas

11 de febrero de 2010.

Creyó que lo había arrojado en el WC de un Vips. Es más, después de aquel sangrado extraño en el baño, todavía tuvo dos periodos más de menstruación. ¿Qué podía haber fallado? si se tomó todas las pastillas que le recetó la doctora de la farmacia Simi en su primer mes. Por eso no podía creer que lo que veía en la pantalla del consultorio del ginecólogo fuera la imagen de un embarazo de cuatro meses. Era oficial, se convirtió en parte del 35% de la población femenina que se embaraza antes de los 19 años en México.

Hizo todo para perderlo, pero ahí estaba el bebé, completamente formado y listo para crecer. Ése era un plan que, por cierto, no compartía con Sandra, quien todavía averiguó cuánto costaría abortarlo a los cuatro meses. En la primera casa clandestina a la que decidió acercarse le dieron un presupuesto de 20 mil pesos y le pusieron la condición de que no se hacían responsables de ninguna complicación que tuviera.

"Fue cuando me dio miedo. Para empezar no tenía el dinero y no me quería morir", dice. Esa decisión la salvó de ser parte de otra estadística: la de los abortos clandestinos, la segunda causa de muerte materna en el país.

Junto a su novio, Sandra decidió tener al niño, pero también acordó "regalarlo". Se lo darían a una pareja que no podía tener hijos a la que ambos conocían. A cambio, la pareja se responsabilizaría de la manutención de Sandra durante los meses del embarazo. Para llevar a cabo su plan, la adolescente tendría que salirse de casa para que sus padres no se dieran cuenta, por eso inventó que le habían ofrecido un trabajo fuera de la ciudad. Ése era el proyecto hasta que la pareja adoptiva investigó y cayó en la cuenta de que estaba cometiendo un delito. Entonces le retiraron la ayuda.

Hoy Sandra entrelaza sus manos y las descansa sobre un vientre que delata los ocho meses de embarazo, mientras dice, muy segura de sí misma, que ese bebé se aferró a la vida, pero que ella sigue firme en su decisión: simplemente no lo quiere y por eso, apenas lo tenga, lo entregará en adopción.

La joven renunciará a la patria potestad de su hijo ante un juez, lo hará dos veces, a los dos o tres primeros días de nacido. Luego lo entregará a Yoliguani, una institución que se encarga de proteger a mujeres embarazadas, que como Sandra no tienen apoyo para tenerlos o darlos en adopción.

Ella vive en la sede de Yoliguani desde hace un mes, en compañía de otras 30 chicas que buscaron en esta casa de asistencia privada tener a sus bebés, un 40% de ellas los dará en adopción, como Sandra. La mayoría viene huyendo de algo, casi siempre de la pobreza o del rechazo familiar. El resto de las jóvenes simplemente quiere proteger a sus futuros hijos y tenerlos a pesar de no contar con los recursos necesarios.

Sandra se comunica con sus padres una vez a la semana y sigue con el "cuento" del trabajo fuera de la ciudad. Cree que la mentira vale la pena porque está recorriendo un camino junto al bebé que tiene un final feliz y ocurrirá cuando Yoliguani entregue a una de las 100 parejas que tiene en lista de espera para recibir un bebé en adopción.

Sus planes son regresar con sus padres tres días después del parto. A él sólo quiere darle un beso y no volverlo a ver jamás. "Total -dice-, yo soy joven y no es tiempo para ser mamá, no quiero decepcionar a mis padres y sé que después, en unos 10 años, puedo tener otro hijo".

UNA RESPONSABILIDAD NO DESEADA

Karla tomó otra decisión. Ella abortó a los 16 años, lo hizo con el dinero y el consentimiento de su mamá. Ella forma parte de una estadística diferente a la de Sandra: la de los abortos inducidos, que se estima en unos 100 mil al año en todo el país. De acuerdo con datos del Consejo Nacional de Población (Conapo), en México se realizan 274 abortos diarios, es decir, uno cada siete minutos. Aunque algunas Organizaciones no Gubernamentales hablan de hasta 850 mil abortos provocados al año.

La cifra no es cuantificable, pues hay abortos que nunca se cuentan, como el de Karla, que a los dos meses de embarazo se practicó uno en una pseudoclínica por 4 mil 500 pesos. Todo sucedió tan sólo en un par de horas, a manos de un médico que practicaba cerca de tres abortos al día.

Karla estuvo con su mamá en todo momento. Eso hizo diferente su historia. Ella se atrevió a revelarle que esperaba un bebé, pero que no lo quería. Cuenta que ése ha sido el momento más difícil de su vida, pero no pudo callarlo. Sus opciones eran más insalubres e inseguras de las que su mamá pudo ofrecerle.

Antes de decírselo a su madre, ella pensaba seguir recomendaciones de amigas. Con tal de no tenerlo era capaz de tomarse lo que cualquier niña de 15 años le dijera que funcionaba. Llamó a varios teléfonos, de esos que se anuncian en el Metro y en diversos periódicos. "Todos me pedían arriba de mil pesos y algunos hasta por teléfono se escuchaban peligrosos", dice.

"Desde que salí de esa clínica mi vida cambió -continúa la adolescente-, me sentía más ligera, me había quitado un gran peso de encima, primero porque siempre supe que no estaba lista para ser mamá, luego porque tuve mucho miedo de confesarle a mi mamá que la había decepcionado, no sabía cómo iba a reaccionar, verla ahí, a mi lado, me quitó 50% del miedo que sentía de abortar".

Han pasado dos años de que se practicó el aborto. Karla dejó la relación que tenía con su novio, entró a la universidad, estudia la carrera de Relaciones Comerciales y sigue pensando que aquélla fue una buena decisión.

DONDE COMEN TRES, COMEN CUATRO

Adriana se arriesgó y se convirtió en mamá a los 16 años. Lo hizo a pesar de las complicaciones tanto físicas como emocionales. Las adolescentes como ella tienen cinco veces más peligro de morir en el parto que las mujeres que ya tienen 20 años, según informes de la Organización de Naciones Unidas.

Pero a Adriana no conocía esa cifra, ella sólo sabía que estaba embarazada y, presa de todo el miedo que nunca antes había experimentado en su vida, se lo confesó a su papá. La primer respuesta, una bofetada. La segunda fue una agresión verbal. "Eres una prostituta; qué decepción", le dijo su padre.

Adriana lo cuenta y todavía se le quiebra la voz. Confiesa que nunca se ha recuperado de la tristeza que le provocó decepcionar a sus papás. Hoy el bebé tiene casi un año y un nombre. Se llama Esteban y es "la alegría de la casa". Para la familia el pequeño es como un hijo más; el tercero para ser exactos.

De los mismos vales de despensa con los que el papá de Adriana compra la comida del mes sale presupuesto para la leche y los pañales de Esteban. Además es el consentido de su abuelo, el mismo que hizo berrinche cuando se enteró de que su hija Adriana esperaba un bebé apenas dos meses después de que tuviera su fiesta de 15 años.

A Esteban lo mantienen los papás de Adriana al cien por ciento; el padre del bebé nunca se hizo cargo; ella tuvo que dejar la escuela para cuidarlo. No se arrepiente.



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