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Actores de la política
La opinión de: Sergio Armendáriz

22 de marzo de 2010.

El nombre del presente editorial corresponde al título del libro recientemente publicado por Ignacio Camargo González, investigador social de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UACH, casa de estudios que realizó la impresión del ejemplar referido. El trabajo de investigación es muy rico en planteamientos e información específica, vale la pena asomarse a sus perspectivas acerca de la conducta estratégica de los actores políticos en una región del estado de Morelos, que puede generalizarse a cualquier región del país, sin embargo, lo que en este momento llama mi atención, son sus reflexiones en torno al fenómeno de la lealtad política.

Para Camargo González la lealtad es una actitud que implica necesariamente una búsqueda congruente de identidad, una construcción que procura la certeza del sentido de pertenencia a grupalidades adscritas a una determinada dimensión temporal y espacial; el sentido de la misma tiene una valoración tanto ontológica como procedimental, es decir, atiende causas profundas y también propiamente de acción social en la conducta efectiva del sujeto social, tanto en su dimensión individual como en su extensión significativa colectiva. Es por eso una pieza fundamental del desempeño de los agentes políticos propiamente.

La lealtad estaría ubicada como una actitud intermedia entre el patriotismo y el deber, por lo tanto sería más racional que el patriotismo, pero más emotiva en relación al cumplimiento del deber. Siempre responde a una posición de cálculo razonado con fuertes elementos de expresión emotiva, constituyendo por lo tanto una característica primordial en la progresiva construcción de ciudadanía activa. Y es vital aplicar una reflexión sistemática en torno a lo que representa en nuestro medio político la actitud tan manoseada de la lealtad, por cierto tan severamente confundida con toda una gama de inhibiciones, complejos y cinismos de índole diversa.

La lealtad es piedra de toque de la cultura política que la opera, por eso es tan absolutamente trascendente definirla con puntualidad y clara nitidez. Tiene parientes bastardos que le impregnan de ilegitimidad y usos oportunistas, se parece exteriormente en apariencia confusa y confundente a fenómenos de conducta que se arraigan en el servilismo, en la condición de lacayunería o de franco esclavismo modernizado; siendo una actitud que se ilustra en la madurez civil de la posmodernidad, en nuestro medio se ancla en la vetusta premodernidad. En tal sentido podemos observar, por ejemplo, que las célebres “candidaturas de unidad” de los partidos que las usan, llaman de manera elocuente a asumir una supuesta lealtad primordial, entendida en realidad como una actitud de servidumbre mecánica, y no como una conducta reflexiva y orgánica de solidaridad conciente.

Las organizaciones partidistas en la política son unidades institucionales de toma de decisiones para la administración y gestión efectiva de la República, especialmente cuando se transforman en gobiernos que se hacen cargo de los aparatos de estado; precisamente por la influencia que tienen estructuralmente en la conducción colectiva, se hace necesario que se profesionalicen respecto al manejo de las actitudes que favorezcan la inteligencia de los comportamientos dirigidos a fortalecer la cohesión social y la identidad dinámica que se requieren para consolidar una democracia que exhibe síntomas de naufragio, empobrecimiento de un modelo social que regresa a los moldes de las dominaciones caciquiles y estilos de mafiosidad que amenazan con devastar lo que queda de las esperanzas de cambio social.

Es imprescindible que trabajos de investigación como el de Ignacio Camargo, se difundan del modo posible en el cerrado universo de la clase política fronteriza, caracterizada por una percepción y autopercepción que por su primitiva calidad degradan las posibilidades de crecimiento de la participación ciudadana, y que en ese sentido, rebasen la mera persecución del vicioso electorerismo, enquistado en populismos tan mesiánicos como ridículos. Los actores políticos no pueden subordinarse a la fatalidad de lo que Montaner y Vargas Llosa denominan “el regreso del idiota”, en perversa confusión entre la lealtad concebida como actitud democrática y el ignominioso fierro de la marca del amo.



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