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Mazatlán: el fin de la paz

29 de marzo de 2010.

Iluminado por las carrozas de carnaval, el martes 16 de febrero, el malecón de Mazatlán fue testigo de un acto de sicosis colectiva. Más de 10 mil personas huyeron del lugar en apenas unos segundos; una multitud se arrojó hacia la playa, otra corrió hacia las calles interiores de la Ciudad y los que no podían correr se echaron el suelo, petrificados por el miedo.

Minutos después, los cuerpos de Seguridad, Protección Civil y elementos del Ejército mexicano recorrieron el lugar para encontrarse con decenas de niños abandonados, puestos ambulantes pisoteados y montones de zapatos de mujer desperdigados en el suelo; contra la noche brillaban las carrozas, abandonadas por reinas y comparsas, la fiesta terminó en una tragedia silenciosa.

Fue el sonido de una pedrada en una lámina, lanzada por unos jóvenes que reñían, lo que hizo pensar en balazos y provocó la estampida, originada por un caldo de cultivo fermentado con un sólo ingrediente: el miedo.

Durante muchos años, los mazatlecos se acostumbraron a vivir cerca de la capital de la violencia: Culiacán.

Dos horas de autopista, una vocación económica dirigida al turismo y a la pesca, y no a la agricultura, la sierra a la distancia, la ausencia de jefes del narcotráfico mazatlecos, la presencia de 2 mil extranjeros viviendo frente a sus espléndidas playas, eran factores que hacían que el puerto se sintiera a salvo.

Los promedios históricos de la violencia en Sinaloa enumeraban 30 o 40 ejecutados al mes en Culiacán.

Los mazatlecos se sentían en otro Sinaloa... hasta que hace dos años llegó la violencia y con ella el miedo.



Decapitaciones, hombres armados asesinando policías, secuestros, extorsiones... a los mazatlecos les llegó la violencia de golpe en el verano de 2008.

Fieles a su tradicional mutismo, las autoridades policiacas se negaron a dar una explicación, mientras el alcalde de Mazatlán, Jorge Abel López Sánchez, y el gobernador de Sinaloa, Jesús Aguilar Padilla, se contentaban con exigir al gobierno federal que detuviera la escalada de violencia en la entidad.

El 27 de septiembre de 2008, una denuncia por un asalto desató una persecución que duró más de siete horas y terminó en la Playa Brujas, donde ocho delincuentes fueron detenidos.

La zona de la detención, un cerro rodeado por el mar, y el origen de los detenidos, todos foráneos, confirmó lo que nadie se había atrevido a decir, habían llegado Los Zetas al puerto.

Ese año, de los mil 164 homicidios en Sinaloa, 107 fueron en Mazatlán.

Regresa la violencia

Luego de unos meses de tranquilidad, las ejecuciones y hasta el desmembramiento de cuerpos torturados empezaron de nuevo a presentarse en el puerto y permearon durante todo 2009.

El viernes 16 de octubre, un grupo de militares inspeccionaba una casa del exclusivo fraccionamiento Lomas de Mazatlán, frente a la Zona Dorada, cuando una granada en el pecho recibió a un teniente que tocó el timbre.

Un operativo de cuatro horas, que incluyó la evacuación de uno de los colegios particulares más grande del puerto, dejó como saldo dos gatilleros muertos, siete detenidos y un teniente malherido, que alcanzó a salvar su vida gracias a su chaleco blindado.

Otra vez, el puerto volvió a respirar, pero las cifras que cerraron 2009 registraron mil 251 asesinatos en Sinaloa, de los que 116 fueron en el Mazatlán, aumentando la cifra del año anterior.

Llegó el año 2010 y con él una nueva saga violenta para Mazatlán, una como nunca antes se había visto.

Asesinatos de policías, decapitaciones, colgados, ejecuciones y narcomantas por doquier, incluso en los edificios de los periódicos locales, han marcado estos tres primeros meses.

Hasta el 26 de marzo de este año, Sinaloa registra más de 597 homicidios y Mazatlán llega a 98; en tres meses casi se ha igualado la cifra del año pasado.

En Marzo, tan sólo en los primeros nueve días fueron asesinados seis agentes de la Policía Municipal, uno de ellos era una mujer.

El ataque en el que murió la mujer policía junto con su compañero de patrulla ocurrió el lunes 8, al atardecer, en plena Zona Dorada, el corazón turístico de Mazatlán, donde un grupo armado los atacó con fusiles AK-47 y granadas.

Desde hacía varias semanas, familias afectadas, transportistas y hasta elementos de los Ángeles Verdes habían venido denunciando la inseguridad en la autopista Mazatlán-Tepic, donde eran objetos de asaltos y ataques.

Fue el domingo 14 de marzo cuando un grupo armado de unos 40 delincuentes vestidos como agentes de la Policía Federal Preventiva instalaron un retén a unos 15 kilómetros al sur de Escuinapa.

Detuvieron unos 10 vehículos, y uno a uno fueron bajando a los tripulantes, les pedían las llaves y los celulares, les informaban que pasarían el vehículo a una revisión por láser y se lo llevaban en dirección a Tepic.

Cuando tuvieron los autos en su poder huyeron, dejando varadas a más de 30 personas a la orilla de la carretera, entre ellos a dos periodistas de Noroeste que regresaban de Guadalajara hacia Mazatlán.

Entre la ristra de muertos en el puerto, el miércoles 17 se escribió un capítulo importante, pero sobre todo, triste.

Una mañana trágica

A media mañana, el pediatra neumólogo Gilberto de Jesús Méndez Oropeza, de 30 años, antes de ir a su trabajo en el Hospital General quiso ir a un lote de autos para tratar un vehículo.

Al mismo tiempo, un habitante de la Isla de la Piedra, Jesús Lizárraga Lizárraga, de 68 años, y su nieto Jesús Manuel Lizárraga Beltrán, de 23 años, hicieron lo propio en el mismo negocio.

Un lavacarros de 16 años y un taxista, supuesto socio del negocio, completaban el cuadro, cuando un grupo armado de entre siete y 10 hombres arribó al lugar, en la avenida Colosio.

Los sometieron, los encerraron en la oficina y ahí los ejecutaron. Luego rociaron de gasolina cinco vehículos y les aventaron bombas molotov, mientras dañaban a balazos seis autos más.

La indignación de la población se hizo presente, sobre todo por el asesinato del pediatra, conocido en la ciudad.

Al día siguiente, médicos aprovecharon la celebración de la Octava Reunión del Consejo Nacional de Salud, que se realizaba en el Centro de Convenciones de Mazatlán, donde estaban reunidas las autoridades estatales y federales del ramo, para protestar por la muerte injusta de su compañero y en silencio marcharon para clamar por la paz.

Pero la ola violenta continuó y el jueves 18 de marzo fue especialmente fuerte. Al amanecer hallaron ejecutado al dueño de un lote de autos que había sido levantado desde el día 12.

A las 8:00, en la Maxipista Mazatlán-Culiacán, encontraron asesinado a un comandante de la Ministerial del Estado, que había sido levantado la noche anterior en la capital sinaloense.

Por la noche, fueron incendiadas dos refaccionarias mazatlecas, de un mismo dueño, y un lote de autos.

En una de las refaccionarias dejaron encerrados a ocho trabajadores, que fueron rescatados ilesos.

El miedo

La madrugada del viernes 19, un grupo armado incendió otra refaccionaria de la misma cadena junto con 11 vehículos que estaban en el taller del mismo negocio, además de un local de venta de pinturas, todos ubicados en la avenida Insurgentes, una de las principales de la ciudad.

El día siguiente, el sábado 20, amaneció con un enfrentamiento a balazos en la Maxipista Mazatlán-Culiacán entre dos grupos rivales que iban a bordo de unos vehículos blindados.

Nueve personas resultaron muertas, entre ellas seis víctimas inocentes, comuneros mazatlecos que venían de una protesta de Culiacán y quedaron varados entre el fuego cruzado.

En la escena del tiroteo se recogieron más de 400 casquillos y 12 camionetas parcialmente destruidas.

En Mazatlán, el miedo es colectivo, viaja en correos y mensajes cibernéticos, en rumores de banqueta, la escuela, la casa, incluso se habla de un toque de queda impuesto por los delincuentes.

Los antros, antes a reventar, están semivacíos; por la noche son pocos los coches que circulan en las calles, el autoimpuesto toque de queda está vigente.

El lunes 22 se registró una ejecución en un fraccionamiento privado. En estos últimos días ya no ha habido más, una calma aparente se espera en el puerto para la Semana Santa.

Mazatlán se alista para recibir a miles de turistas en estas vacaciones, aunque el miedo ya ha dejado su huella.



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