Weekly News

La opinión de
Sergio Armendáriz
Barbarie

5 de abril de 2010.

Pavorosa realidad de devastación es la que se vive actualmente en la región del Valle de Juárez, es una muestra fehaciente del abandono ancestral de un Estado que tiene profundos olvidos con zonas enteras de habitación humana, regiones que en algún momento fueron mucho más que cotos privados de transacciones en el trasiego de drogas en esta frontera.

Es, de fondo, un asunto de mutación de lo que puede identificarse como pedagogía mafiosa. El anterior modus operandi de la mafiosidad, consistía en una línea “civilizada” de instrumental moderación; orientada a utilizar al máximo los aparatos estatales, con búsqueda sistemática de complicidades; alianza en un sistema orgánico de corrupción, con la existencia de una especie rara de código de transacción y ajuste de cuentas, delimitadas en un marco bajo control estratégico de los aliados.

Hoy, la lección radica en mostrar una prepotencia autónoma de la delincuencia organizada en el sistema politicomafioso. Choque frontal con un Estado que pasó de ser una especie de aliado-juez, para convertirse en un aliado-aliado con alguno de los organismos delincuenciales existentes. Se vive en toda su dramática brutalidad la disputa por el control del mecanismo permisivo y clientelar del Estado en el ámbito del comercio ilegal de estupefacientes; se trata ya de disponer sin límites de la permisividad pública, obligando a la obediencia de un régimen político largo tiempo condescendiente, empático o incluso, asociable.

A final de cuentas se trata de estructurar de manera estable un sistema de actividades económicas ilegales dotado de la misma fuerza y de los mismos privilegios de un aparato público; controlar la economía privada –las actividades legales-, sometiéndolas al particular régimen impositivo de la extorsión, dominando también segmentos importantes de prácticas lucrativas informales. Se observa hoy un terrorismo mafioso, impregnado de acciones de bandolerismo urbano, sin los complejos reverenciales de la vieja mafiosidad. Soberbia violenta de grupos fácticos que consideran inaceptable la existencia de obstáculos insuperables en el negocio que procesan.

Convencidos, no sin razón, de la extrema vulnerabilidad de un aparato estatal infiltrado hasta la médula por el fabuloso mercado, se decide ir con todo rigor y cinismo para conservar los privilegios en riesgo. En el sentido de esa lógica se propone la ecuación de vida y gracia para los “amigos”, infamia, tortura y muerte para los enemigos, se da el paso de la violencia concebida como símil de la práctica militar, a la pura y simple barbarie. Hoy, la estructura del Estado, en algunas de sus ínsulas, se fractura con evidencia de horror.

La diáspora de los vallejuarenses significa la avanzada imparable de una barbarie largamente concebida, la quema de los espacios físicos e institucionales, como por ejemplo lo es el fuego emblemático sobre el templo católico de las poblaciones acosadas, es el anuncio inequívoco del poder incontenible del nuevo salvajismo demandante de dominio territorial.

Es en el fondo también, el reconocimiento de un Estado que hace tiempo se ha metido en una dinámica de fallida legalidad, dejando a la sociedad civil en un estado de orfandad patética. El problema estructural radica en el hecho de la infiltración del Estado por los intereses politicomafiosos, situación que ha generado una falta de distinción entre los agentes que formalmente promueven la legalidad y aquellos que deliberadamente la fracturan. En ese sentido, la devastación de los símbolos es muestra palpable de una profunda descomposición social.

Es por supuesto inaceptable, que el Estado prácticamente abandone el territorio físico y legal a la avalancha organizada del delito, pensando en la raspada vigencia de los canales de una lógica jurídica que discierna todavía lo legal de lo ilegal, de un marco normativo que resulte algo más que un simple instrumento de golpeteo político para sustentar cretinas ambiciones electoreras.

Se viven ya plenamente los vientos populistas de los tiempos electorales de 2010 y 2012, sin duda, algo tendrán que hacer los posibles candidatos para desmarcarse de las formas y reflejos de la pedagogía mafiosa. Sigue siendo la hora de la sociedad civil, de los grupos inteligentes, no más de las hordas del bandolerismo urbano del siglo XXI.



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