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Periodismo: unidad contra la violencia

10 de mayo de 2010.

México D.F., 10 de mayo de 2010 (Pascal Beltrán del Río / Excelsior).- El pasado lunes 3, Día Internacional de la Libertad de Prensa, nos reunimos en Casa Lamm "ese bellísimo centro cultural de la colonia Roma, fundado gracias al rescate de la casa, pronto centenaria, que levantó el arquitecto Lewis Lamm en la antigua avenida Jalisco" representantes de los diarios Cambio de Michoacán, Milenio, El Universal y Excélsior para dar forma a un esfuerzo de coordinación del gremio periodístico en torno de los retos y riesgos que representa para nuestro oficio la cobertura de los hechos de violencia que protagoniza el crimen organizado.

En mi exposición comenté lo irónico que resultaba el hecho de que los cárteles de la droga fueran capaces, pese a su rapacidad, de unificar sus esfuerzos para proteger y expandir su negocio ilícito, pero que los periodistas no tuviéramos siquiera una visión compartida de lo que espera la sociedad de nuestra labor informativa en estos momentos aciagos para la vida pública ni una conciencia colectiva de las amenazas que se ciernen hoy sobre el trabajo reporteril.

Lamentablemente, uno de los resultados de esa desunión es el crecimiento

escandaloso de las agresiones contra los periodistas en este país, que se ha vuelto, en la opinión de diversos observadores internacionales, uno de los lugares más peligrosos del mundo para ejercer esta profesión, al punto de compararlo con Irak.

En un artículo publicado en estas páginas ese mismo día, Darío Ramírez, director para México y Centroamérica de la organización no gubernamental Artículo 19, dio un repaso a las cifras. Tan sólo el año pasado, dijo, hubo 244 agresiones contra periodistas en México, entre ellas once asesinatos; y en lo que va de 2010, ha habido cuatro homicidios.

Asimismo, escribió, la desaparición de informadores ya se ha convertido en una tendencia. Desde 2000, hay trece casos registrados, entre ellos dos reporteros de Cambio de Michoacán, desaparecidos este año.

Y no es que la existencia de un frente gremial hubiera sido suficiente para detener en seco los actos de hostilidad contra colegas en varios estados de la República ?por parte de delincuentes y también, hay que decirlo, de autoridades?, pero quizá hemos perdido la oportunidad de generar conciencia en la sociedad sobre estas agresiones y, así, elevar los costos para quienes las practican.

Es triste decirlo, pero el asesinato o la desaparición de un periodista en México se ha vuelto un hecho rutinario que termina ya no sólo en la impunidad, como la enorme mayoría de los delitos que se cometen en este país, sino en el desinterés.

No pido privilegios o tratos especiales para quienes se dedican a informar, pero sí pienso que la agresión contra un periodista o un medio de comunicación que cumplen con su misión a cabalidad resulta un atentado contra una libertad fundamental: la que permite a los ciudadanos enterarse de los hechos de interés público y opinar y debatir sobre ellos.

Sobre la libertad de expresión descansan el resto de las libertades que caracterizan a una sociedad democrática. Ésta no puede funcionar libremente cuando la violencia y las amenazas a la vida interfieren con el proceso de mediación entre gobernantes y ciudadanos que contribuye grandemente a formar la opinión pública.

Convocado por Darío Ramírez, el encuentro en Casa Lamm fue un primer intento con romper con la inercia de los medios ante el tema de la cobertura del crimen organizado y sus efectos más visibles.

La aparición de una violencia generalizada en diferentes regiones del país tomó por sorpresa a los periodistas y, hay que decirlo, nuestra respuesta como gremio ha sido bastante reactiva.

Como decía, este entorno genera retos y riesgos, sobre los que me he ocupado en diferentes ocasiones en esta Bitácora y otros espacios.

Hace exactamente un año, escribí una colaboración especial para la revista Nexos en la que abordé algunas de las realidades que impone al trabajo periodístico la cobertura de la violencia del crimen organizado:

?Qué hacer con los llamados narcomensajes (los que se dejan a un costado de los cadáveres o se cuelgan de puentes), las cabezas cercenadas y los cuerpos quemados o deshechos en ácido, los videos subidos a internet que contienen amenazas o registran actos de tortura y asesinato, los corridos que retratan como héroes a los sicarios o transmiten mensajes a autoridades y grupos rivales?

?Cómo dar cuenta de estos hechos sin dejar al público perplejo respecto de su significado, sin sacarlos de contexto, sin exagerar ni minimizar su importancia, sin renunciar a la investigación periodística a pesar de contar con pocas fuentes fidedignas.

?Qué hacer con el maniqueísmo de quienes dicen que aquí sólo hay dos bandos: o se está con el gobierno o se está con la delincuencia. Cómo responder a quienes acusan a medios y a periodistas de hacer el juego a la delincuencia por difundir información que pone en duda la legalidad o la eficacia de algunas acciones policiacas??

Y concluí: ?El reto que tenemos los periodistas es importante: cómo encontrar formas imaginativas de registrar la gravedad de la situación de seguridad pública que enfrenta el país, sin dejar de cumplir con nuestra obligación esencial de informar, sin renunciar a nuestra independencia frente a la autoridad y sin servir de mensajeros al crimen organizado.?

Ese es el espíritu con el que ha venido trabajando este diario en su cobertura de la violencia creciente que asuela al país.

Mediante discusiones colectivas en nuestra redacción ?en las que han participado editores y reporteros? hemos ido dando forma a una línea editorial para hacer frente a fenómenos públicos novedosos, como la sicosis colectiva que ha aparecido en diferentes ciudades. Nuestras decisiones editoriales sobre esos temas, que he procurado hacer públicas, se han diferenciado de las de otros medios. Por ejemplo, Excélsior no publica fotos de narcomensajes, entre otras razones porque los responsables de exhibirlos en la vía pública buscan justamente eso.

Lo digo con respeto: Quizá valga la pena poner esas discusiones sobre la mesa y, sin ánimo de abolir la sana competencia informativa ?que nos hace mejores a todos?, encontrar criterios comunes para informar de mejor manera a la sociedad sobre el crimen organizado y la violencia que han irrumpido en el espacio público y lo están afectando.

Como propuso la semana pasada el analista Héctor Aguilar Camín ?quizá es la hora de buscar esa unión activamente y fijar una agenda común, indicativa más que obligatoria? para abordar esos temas. Lo que en todo caso me parece impostergable es la acción colectiva frente a las amenazas y agresiones que acallan por miedo a periodistas y medios de comunicación en muchas partes del país.

Y por eso, en Casa Lamm acordamos que cualquier acto de hostigamiento contra la labor informativa, sea cual fuere el medio del que se trate, será asumido por los participantes como una agresión contra todos y denunciado e investigado como tal. Y eso incluye dar seguimiento a los casos de desaparición y asesinato de periodistas, sobre los cuales las autoridades correspondientes tendrían que rendir cuentas puntualmente.

Publicado por Excelsior el 9 de mayo de 2010 * Compartir



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