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La opinión de:
Sergio Armendáriz
?ser, no ser, dejar de ser y?no querer ser?

31 de mayo de 2010.

Con la expresión que encabeza este breve escrito, me permito citar parcialmente uno de los publicitados dichos de Artemio Iglesias Miramontes, priísta tradicionalmente conocido en Chihuahua y que recientemente acaba de morir en la coyuntura político electoral ?siempre electorera- que nos caracteriza en este año de 2010. Como usted muy probablemente sabrá, la expresión del político chihuahuense era fundamentalmente así: ??el político debe estar listo para ser, no ser y para dejar de ser?? tal era el sentido de la proposición verbal, del también llamado con generoso espíritu común, ?el filósofo de Rubio?, en referencia a su terruño de origen.

Una de las consecuencias no deseadas de la alternancia en el poder en nuestro contexto social, lo es la devaluación y consecuente degradación de la política, entendida como actitud aspiracional para el desempeño de la actividad en el sentido de oficio laboral, es decir, a partir del ?boom? eufórico detonado por lo que se creyó la gloria de la transición a la democracia, cualquier individuo se pensó en condiciones de acceder con corajudo derecho a la nómina abundante de los presupuestos de las administraciones públicas, paradójicamente, siempre ?cobijados? por las cúpulas mafiosas de los partidos políticos imperantes.

Lo anterior pulverizó el valor de la ya de por sí cuestionada práctica política de oficio. Además, en otro alarde de capacidad metamórfica, el régimen de poder se permitió adaptar en transfiguración de nueva época, una especie de renovación de reclutamiento de clientelas ahora amparadas en el dominio partidocrático del sistema, dejando atrás el venerable cuanto envejecido padrinazgo presidencialista. Sin embargo, la expectativa democrática ha terminado por convertirse en certidumbre mafiosa, la política continúa siendo reducto hermético de privilegiados por criterios de integración facciosa, manipuladores de masas embrujadas por el canto electrónico de la sirena mercadotécnica. Por cierto, un canto que ya desafina en el lastimado oído público, que a punta de engaños, mentiras, traiciones y deslealtades recurrentes, depredadoras de la riqueza colectiva y de los patrimonios históricos, han terminado por alejar la posibilidad de encontrar armonía melodiosa a los discursos y promesas de los políticos erigidos como clase exclusiva y naturalmente, excluyente.

Hoy, la misma mercadotecnia sufre la crisis de un sistema desvencijado en la totalidad de su estructura de control, desde lo económico hasta lo político, pasando, por supuesto, por el llevado y traído tejido social. Hoy, el aspirante a político o político en funciones, independientemente del siempre vago y ambiguo sentido de lo que por esto pueda entenderse, ya no encuentra con la facilidad impune de años recientes, una percepción pública inocente para promover las ?bondades? y ?virtudes? de su persona convertida en mercancía de consumo social para usos de instalación burocrática y de vampirización de los dineros públicos. A punta de éxito, la mercadotecnia política, conocida también como marketing político, ha arrancado la inocencia de la conciencia inteligente que ciertamente habita en la opinión pública de Ciudad Juárez, que a pesar de todo, dispone de un buen menú de posibilidades de información.

Hoy, los ?embrujos mercadológicos? son piezas comunicativas chocantes, fastidiosas por el cotorreo flagrante aplicado sobre asuntos de interés público, aburren por lo sobado del ejercicio. Se observa cómo todos los trucos apoyados por la magia de la digitalidad, resultan insuficientes para promover el brevísimo momento de engaño que la urna exige para entronizar la falsedad publicitaria, encarnada en los múltiples candidatos de ocasión; por lo demás, se sabe plenamente que el tianguis de la oferta política juarense, solamente se aceita con los desnudos impresentables del acarreo.

Quizá sea tiempo de que los políticos afirmen con inverosímil y poco probable honestidad, al menos en algún que otro período electoral, su cívica determinación de no ambicionar inescrupulosamente el poder, de no ser comparsa ridícula y rehenes de sus facciosos grupos, de ?no querer ser?; lo cual, extrañamente, los haría realmente atractivos no para la mercadotecnia, pero sí para la democracia ciudadana.



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