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La opinión de:
Sergio Armendáriz
La ironía genial

21 de junio de 2010.

Por esas fijaciones conceptuales de la mente personal, recuerdo siempre una expresión que le escuché directamente y leí en varias ocasiones a Carlos Monsiváis, extraordinario literato mexicano recién fallecido. La mencionada expresión es la siguiente, refiriéndose a la complejidad de realidad e inteligencia en vínculo simbiótico: “…O no entiendo lo que pasa, o lo que entendí ya pasó…”, la afirmación es sin duda apenas una infinitesimal muestra verbal del poder lingüístico y literario que ejerció Monsiváis a lo largo de cerca de medio siglo mexicano y, condensa toda una teoría de la realidad así como una correspondiente acerca de la naturaleza del conocimiento humano, trazo relampagueante de saber ontológico, epistemológico y característicamente para el lector asiduo de su obra, también psicoanalítico, todo esto lubricado por un ingenio irónico inigualable, plasmado de manera perdurable y para fortuna de México, en la diversidad expresiva del cuento, la crónica, la columna periodística y por supuesto el ensayo.

Hace aproximadamente 15 años, aquí en Ciudad Juárez, a través de la amistad cordial que Monsiváis profesaba a la persona de José Luis Vázquez Ramírez, académico de la Universidad Pedagógica Nacional en esta frontera, tuve la singular oportunidad de entablar comunicación personal con este hombre que era y será todo un impresionante universo de signos y símbolos; una conversación seductora y siempre enrarecida por la necesidad de permanecer en estado de alerta intelectual continua, para aprender de la esplendidez de una verbosidad imponente y profundamente cultivada, así como también para evitar el resbalón del ridículo por la incomprensión de la sofisticada pedagogía irónica, que lamentablemente al presentarse en el diálogo, siempre estimulaba a Monsiváis a transitar del ánimo magistral al despellejamiento de la mentalidad ingenua o desprevenida.

Fueron varios los temas que en formidable tiempo amistoso, un grupo de compañeros de la UPN, pudimos abordar con Monsiváis en el espacio de un hotel que ha cambiado repetidamente de nombre aquí en Ciudad Juárez, ubicado en la Avenida Hermanos Escobar, al cobijo de una tarde espléndida de una ciudad que era otra en aquél cada vez más lejano –¿o cercano?- momento de la mitad de la década de los 90 del siglo pasado. Siempre deslumbrante en su conversación y discurso, Monsiváis se sintió en buen ambiente para jugar a su juego preferido por vocación vital y biográfica: la articulación genial de un torrente apabullante de palabras.

Y eso es precisamente lo que quiero recordar en este escrito, hecho que deseo asociar a la segunda celebración anual del llamado “Día del Español”, celebración auspiciada por el Instituto Cervantes y festejado el sábado 19 de junio pasado, reconociendo la realidad de un idioma en plena expansión, hablado por cerca de 450 millones de personas en el mundo.

Independientemente de las controversias políticas e ideológicas que siempre rodean a una persona de la dimensión de Carlos Monsiváis, resulta incontrovertible el hecho de que fue y será un genio del lenguaje español. Un idioma que vivió y usó con el obsesivo y talentoso propósito de identificar el alma del mexicano, el espíritu de un pueblo en sus más diversas manifestaciones, el sentido de origen y destino trazados a partir de una defensa totalmente comprometida con los derechos humanos y civiles, verdaderos amores en la fecunda vida del genio creativo, mucho más allá de los afectos circunstanciales propios de la siempre accidentada existencia del ser humano. Sin duda, con su extinción física, Monsiváis nace para siempre a la conciencia nacional y cultural mexicana, y en la misma dimensión, se integra a la selecta galería de mexicanos inmortales por su influencia creativa, de consumo estético e intelectual universal.

Por eso, y a sabiendas de que vendrán en cascada los homenajes y los foros de análisis sobre su trascendente obra literaria, desde ya, es absolutamente conveniente pensar en estrategias de difusión de lo más preclaro de la misma, beneficiando en Ciudad Juárez a las generaciones que deberán conocer a un mexicano de semejante talla, artista genial en el uso de nuestro poder expresivo del milagro misterioso de la palabra diaria. Hoy Monsiváis, devoto del lenguaje, ríe en ausencia de su propia muerte.

Sergio Armendáriz



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