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La opinión de: Sergio Armedáriz:Fin

28 de junio de 2010.

Terminaron las contiendas partidistas en pugna por hacerse del poder político en la entidad, incluyendo por supuesto el ayuntamiento de Ciudad Juárez, en este sufrido 2010. Hartazgo, desazón, desencanto, fastidio y también desinterés, son las algunas de las actitudes fundamentales con las cuales la ciudadanía enfrenta un fenómeno degradado y desgastado, la lucha por el poder en este medio ha perdido su sentido lúdico y no se diga lo poco que pudo haber tenido de contenido cívico pedagógico. Sin duda que algo distinto, muy distinto tendrán que hacer los actores de la política para volver a atraer la atención de la población votante, en los sucesivos procesos de disputa electoral, el “electorerismo” toca fondo, la democracia ya sufre de un grave desdén ciudadano.

La estrategia mercadotécnica consuma su efectividad pregonada a través de la traición a los valores democráticos; los disminuidos y “pudorosos” triunfalismos de partidos y candidatos, son un claro síntoma del extravío producto de una ausencia de escrúpulos cada vez más despreciable, surgidos de una clase política impregnada en una nubosidad mafiosa, repugnante para un entusiasmo cívico ciertamente vulnerado. Tan es así que las tácticas propagandísticas y publicitarias se sumen en un esquema de sustitución y desplazamiento de los personajes reales; imágenes masificadas, concentraciones públicas y cosas por el estilo, resultan notoriamente “infieles” a la condición efectiva y real de las características de los candidatos publicitados.

Rostros “embellecidos”, expresiones faciales artificiosamente “enternecidas”, mítines emotivos salpicados por la fama de conjuntos gruperos y cantantes de fama en los cuales se extingue la presencia del candidato en cuestión; una forma de hacer política culposa y vergonzante, escondiendo una realidad repugnante y despreciable en el escudo de la imagen mentirosa y en el estímulo fiestero, a los cuales somos tan especialmente adictos por el efecto de un condicionamiento anclado en un analfabetismo cultural que de modo repetitivo genera el falseamiento de la realidad evidente. Insisto, cantar las glorias de la mercadotecnia, así como también las propias de la omnipotencia de las encuestas, ha sido una característica de los “éxitos” de las campañas ganadoras de elecciones, sin embargo, definitivamente no ha dado como resultado el menor avance en la calidad progresiva de la representatividad, tampoco de la gobernabilidad y mucho menos de la trascendencia hacia la mejora en la cultura democrática.

Es indispensable hacer las cosas de manera distinta para cambiar una realidad urgida de transformaciones sociales. No debemos seguir cavando hacia abajo, pensando que de tal manera saldremos del hoyo, absurdo concebir este proceder como deseable, simple y pura demencia.

Los hombres providenciales o así percibidos, construidos a golpes de mercadotecnia, no son en lo absoluto la solución al agudo problema democrático que se padece, el populismo engendra siempre parasitismo mafioso, grupos facciosos que se apropian de lo público cual si fuese bien privado. La verdad es que no hay nada que celebrar, el compromiso demanda formalidad y austeridad en las reacciones emocionales, no es tiempo de risas cínicas, menos de burlas cretinas. El voto se sigue moviendo, es recurso indudable de poder ciudadano.

Ciertamente que el voto no es toda la democracia, sin embargo, sí representa un derecho irrenunciable de la ciudadanía participativa. Votar es la única manera de apostar para la preservación de la civilidad en la disputa cada vez más inescrupulosa por el poder político, independientemente de que en el caso de México se requiera toda una reforma política y del ejercicio del poder. Cruzar, anular o “blanquear” el voto, son todas opciones de aplicación de inteligencia por parte del ciudadano que no desea verse convertido en un convidado de piedra de campañas electoreras que son verdaderos lodazales, pestilentes intercambios mediáticos y falazmente jurídicos, encaminados todos a la burla de la voluntad liberal de la ciudadanía conciente de su republicanismo.

La democracia representativa tiene un sinfín de limitaciones, es en el fondo, el menos malo de los regímenes políticos, sin embargo, tal circunstancia no debe mutilar la necesidad de hacer sentir el peso del voto inteligente.



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