Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
El Día después

5 de julio de 2010.

Como el título de la ya conocida película, hoy nos debemos haber amanecido en todo el estado, incluyendo por supuesto a Ciudad Juárez, con un renovado “mapeo” de la correlación de fuerzas políticas que dominarán los aparatos de la administración pública a lo largo de potenciales tres y seis años. Lamentablemente, existe la total y absoluta certeza de que no habrá demasiada sustancia noble para el entusiasmo, sea cual sea el resultado del proceso comicial; violencia, inseguridad, crisis económica en gruesos segmentos sociales, desempleo, angustia de generaciones perdidas de jóvenes vacíos de presente y futuro, y además, una pobre densidad de valor de la “clase” política en eterno peregrinaje burocrático, son los enclenques pilares de una sociedad que al colapsarse, no encuentra en este momento mayor sentido para celebrar el ritual de la transferencia de poderes.

Si los políticos de “oficio” aspiran a enfrentar con un mínimo de posibilidades de éxito el enormísimo reto que tendrán como responsabilidad de gestión, primeramente deberán reconocer una realidad que les ha venido gritando un hecho al que han sido refractarios en lo intelectual y en la reacción grupal, me refiero a la flagrante evidencia de la pérdida sostenida de su presunta representatividad, observable con descaro en el crecimiento imparable de los niveles relativos de abstencionismo, cosa que genera de manera dramática y a la vez nefasta, el brutal aumento en los criterios y niveles de gobernabilidad, dando como lógico resultado, la estructura caótica en la que los grupos humanos que integran lo social se sumen en forma de violencia incontenible.

En el mismo sentido, es tiempo ya de que el actor político de oficio ya mencionado, ubique sus coordenadas mentales en el momento específico de su responsabilidad política mandatada por las urnas. Independientemente del raquitismo seguro de una participación ciudadana desencantada y harta de ineptitud, engaños y traiciones reiteradas, el mandato del voto debe hacer ver al candidato electo, al funcionario en ciernes y de manera casi inmediata en ejercicio, el hecho de estar obligado constitucional, política e incluso aunque suene cursi, éticamente, a desempeñar su trabajo en un puesto para el que fue procedimentalmente nombrado o electo. Digo lo anterior, porque el sujeto político en cuestión, generalmente se “sienta” en una silla pensando en la ambición por otra, dando como resultado el peor de los mundos posibles para la ciudadanía, es decir, la realidad de un supuesto “funcionario público” ni de aquí ni de allá, habitante espectral de un limbo irresponsable de obligaciones administrativas.

En medida crítica, el régimen político no terminó de cuadrar con las posibilidades del sistema democrático. Se han conservado las mañas y los viejos vicio; las adicciones al poder sin escrúpulo, siguen imperando bajo el cobijo cada vez más precario de las formalidades de los procedimientos electorales, el espíritu faccioso, anclado en la archisabida pedagogía de la mafiosidad, goza de cabal salud y no será en nada remoto, observar en este día después las celebraciones ostentosas sustentadas en un triunfalismo cretino, ausente de la inteligencia institucional básica de sobrevivencia, que la realidad trágica de hoy exige. La lucha sucia por el control y uso de los presupuestos públicos, que es el verdadero fondo de los procesos electorales en nuestro escenario social, ha tocado fondo en la percepción de una ciudadanía desalentada por tal voracidad de “su” clase política, en ese sentido, el sistema como tal desfallece sin retorno. Pareciera que como virtud surgida de las dolencias, emerge la clara y urgente necesidad de empezar a tomarnos en serio el asunto vital de la democracia, todos, dejando de una vez por todas la zorruna astucia de una cultura política autoritaria, patrimonialista, clientelista, corrupta y de paso, aunque parezca paradójico, profundamente inculta.

Desconozco en el momento en que esto escribo, la cuenta final de los resultados electorales, sin embargo, la más absoluta de la certezas, será aquella que apueste por la carencia de júbilo democrático por parte de la ciudadanía implicada sustancialmente en el proceso de ayer domingo. Es tiempo de inteligencia republicana, no más de impresentables fachas populistas.



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