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Saldos Electorales

12 de julio de 2010.

Hacer cuentas sobre los resultados de este proceso nos lleva no sólo a ver los saldos que han quedado, sino ver que esta palabra puede remitirnos también a lo que se compra como restos en los outlets de ropa, los saldos, como todos sabemos son rebajas defectuosas, las adquirimos a sabiendas de que no son lo mejor que hay, pero sí lo único que está o bien a nuestro alcance o que merece el precio que tiene. Así pasa con el juego democrático de la reciente jornada, hemos comprado saldos con el nombre de alianzas, rebajas de candidatos, ofertas que no son oportunidades sino defectos de un sistema de consumo que mucho nos cuesta.

Hoy todos los actores han salido con sus cuentas alegres, parece que todos han ganado en esta elección y los que de plano han perdido, o se cuelgan del triunfo ajeno o se hunden en el silencio sepulcral de los soterrados acuerdos. Venden caro el aparente éxito de las alianzas, cuyo triunfo no debiera ser visto como un gran logro, sino como la manifestación clara del fracaso de nuestro sistema de partidos que ahora no permite sino tener claridad respecto a los intereses que motivan las luchas electorales, que nada tienen qué ver con la democracia.

Los partidos antitéticos se han unido buscando ganar el terreno perdido en lo electoral, poco se han detenido a pensar en los saldos que eso dejará en el tema de la gobernabilidad de esos nacientes gobiernos, y mucho menos han tocado la cuestión del impacto social que provoca la pérdida de identidad partidista, aunque ninguna de estas cuestiones es nueva. Azules y amarillos se felicitan, hacen planes, se dan palmadas en la espalda y se reiteran sus agradecimientos por tan magros logros, pero que a estas alturas de su desplome deben saberles a gloria.

Del otro lado, el priísmo nacional no cuenta pérdidas, mide los ligeros descalabros, pero aun así sale como gran triunfador, se lleva la casa llena en varios estados y los grupos a su interior reacomodan sus fuerzas, parece que más han perdido por el fuego amigo que por la fortaleza de un enemigo al que parece que dejaron sobrevivir. Se saborean los triunfos y se miden de aquí a dos años, le tiran a la recuperación de la grande.

En las cuentas alegres, que apuestan nuevamente por la desmemoria y el olvido voluntario, que se creen que bien puede pasar por novedoso el triunfo de los aliancistas, que no notaremos la repetición de los vicios políticos y que tomaremos por buena la ficticia formación de acuerdos basados sólo en la dinámica de los intereses electorales. Pero como esto, nuestra vida pública, no es un juego de perinola (recordarán ustedes ese típico juego en el que se da vueltas al poliedro de la suerte y esperamos que nos cante el “toma todo”) no está abierta la posibilidad de que todos ganen.

Aquí, a la hora de revisar los saldos, lo que vemos es que quién ha terminado por ponerlo todo ha sido nuestra alicaída democracia, que nuevamente se hace a un lado avasallada por la ligereza de nuestros partidos y gobernantes, qué importan los fundamentos de la representatividad, las declaraciones de principios y los ideales que, de acuerdo con nuestra legislación electoral, sustentan a los partidos, que importa ahora si con las cifras mínimas de estos votos los dirigentes se van a casa con una sonrisa.

No puede haber cuentas alegres cuando gana el abstencionismo y pierde la democracia.



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