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La opinión de:
Sergio Armendáriz
Mitin o motín

11 de agosto de 2010.

En primer término debo afirmar que el ejercicio profesional de la naturalmente riesgosa disciplina militar merece el mayor de los respetos y en lo personal, toda mi consideración como sujeto integrante de la sociedad civil, es decir, desde mi condición a la vez humilde y privilegiada de ciudadano.

Es muy pronto para determinar verazmente qué fue lo sucedido el pasado día sábado en el cuerpo de la Policía Federal destacamentada en Ciudad Juárez, solamente flota el desagradable recuerdo de las imágenes de tensa violencia generadas al interior de un grupo militar que, en su sentido básico debería ser emblema de certeza y confianza proyectadas a esta sufriente y violentada sociedad fronteriza; empujones, gritos, encañonamientos mutuos y otras lindezas, desnudaron una despreciable intimidad castrense, que en su sentido de origen y pertenencia institucional, es fuente de legítimo y especial orgullo.

Pero es otra la historia. Corrupción, vejaciones y malos tratos hacia subordinados, desprecio a los derechos humanos de los mismos y lo que es peor y lamentablemente especulado, complicidad con los grupos que tiene penetrada la ciudad en lógica de mafiosidad criminal.

Es plenamente reconocido el hecho de que las ocupaciones militares sobre zonas tradicionalmente civiles, siempre y de manera fatídica producen un fenómeno consustancial de parasitismo de coyuntura, caracterizado por toda una variedad de formas de uso y abuso de las estructuras institucionales civiles que reciben el pretendido “beneficio” de la protección con patente armada y masiva.

Es decir, en el peor de los casos, las fuerzas militares de protección-ocupación convierten a los grupos sociales que formalmente deben cuidar en víctimas cautivas de sus necesidades como corporación, algo así como “el costo del beneficio”.

Penosamente la metáfora de la “ciudad cuartel” se impone de manera grotesca a aquella pulverizada imagen de la “metrópoli binacional”, que todos decíamos querer, empezando por aquellos que han “administrado” a la realidad pública de Ciudad Juárez, en alguna otra editorial ya nos permitimos hablar acerca de una especie de trágico retorno del simple “Paso del Norte”, lugar inhóspito de importancia estratégica por el horror de la violencia sin fin, de la disputa por ser el corredor de porquería lucrativa hacia el consumidor pudoroso de la misma; sueño urbano que se diluyó en las cañerías pestilentes de la ambición de poder y riqueza sin escrúpulos, sitio anhelado finalmente desolado y devastado por la estupidez incontinente, cómplice presta para desgraciar cualquier asomo de nobleza.

El Paso del Norte del siglo XXI es la cristalización de la pesadilla del infierno de la urbe ya parida por una ficción demasiado real como para seguir considerándola tal. Ejecuciones aderezadas con extorsiones, chantajes, secuestros y mafiosos cobros de derecho de piso, iluminadas por el género de una cinematografía mediática que cumple ejemplarmente con la cita de imágenes de muertes en situación, cadaverina en serie y terrorismo con sabor palestino-israelí.

Un “nuevo” Paso del Norte que no transita hacia su consolidación democrática algún día jubilosamente presentida, sino más bien muta hacia los renovados dueños que lo “parasitan” sin el menor asomo de generosidad, sin una mísera brizna de conciencia de culpa.

Hoy, la ciudad cuartel se debate en las pugnas del delito que todo lo devora, por demás está afirmar que la presencia de las armas siempre es producto odioso de un ejercicio inepto de la política, es ya pura e inútil pena de amor perdido.

Es en este escenario en donde ubico la “rebelión” del grupo de federales en contra de sus mandos suspendidos. Las imágenes y los sonidos no permitían la nítida diferenciación de un acto de violencia legítima o bien de un brote golpista al interior de esa corporación; grave tanto una posibilidad como la otra, porque al final de cuentas la disciplina es el valor fundante de una institución como esa, que además debiera ser paradigmática o ejemplar en tal sentido para la totalidad social, en estado de violencia desbordada. Insisto, no sé si lo que percibí el sábado por la mañana fue un mitin democrático armado o un burdo motín golpista, lo que haya sido, los “malos” deben haber saboreado una puesta en escena de semejante realismo.



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