Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
Hijos de la soledad

19 de agosto de 2010.

La clase política del país ha dejado de serle funcional al régimen mafioso que en algún momento pudo regular, hoy, la mafiosidad omnipresente desborda y rebasa las cada vez más menguadas capacidades de las “élites” que administran electoreramente al poder político –y sin duda económico- de la caótica república.

Ilustrativo del hecho en extremo, resultó el espectáculo de corte decadente en que se convirtió la reunión de Felipe Calderón con los titulares del ejecutivo de los estados; zalamerías, servilismos recíprocos, complicidades solidarias y todo un menú de actitudes de cohesión de casta dorada burocrática, dotaron de un sabor de inutilidad y ridículo al grupo de administradores que contemplan a un Estado que se colapsa y a una nación que en pleno año de conmemoración del bicentenario parece el sueño que nunca fue.

El país ha mutado, que no transitado, vertiginosamente de una condición dirigida políticamente por un Estado mafioso a una de sustentabilidad fallida, para todo parece indicar, a una circunstancia futura de estado de excepción. En ese proceso, la clase política oficiosa ha ido perdiendo aceleradamente representatividad y por ende también posibilidades de gobernabilidad, sin embargo, en semejante y lastimero fenómeno, no parece haberse percatado del hecho de que la “democracia” se ha convertido en un simple andamiaje disfuncional para no solamente los intereses sociales y populares, sino ya también para el trasiego de mafias que en el fondo siempre alimentan a la estructura de los estados que “regulan” a colectividades ominosamente empobrecidas y desiguales. Hoy, el capitalismo narcoenvolvente reclama o una más eficiente democracia con pudores de legitimidad, o bien, un poder autoritario ágil que no sea estorbado por las estructuras inoperantes de democracias de baja calidad taradas por la ineptitud y la corrupción.

Actualmente la clase política en funciones ya no promete nada que resulte creíble para la percepción de una ciudadanía que observa con ojos de sentido común, el fracaso de una alternancia empantanada por regresiones autoritarias así como por experimentos camaleónicos de alianzas imposibles. También registra puntualmente ya que en las convocatorias a los “diálogos por la seguridad”, ni son todos los que están, ni están todos los que son; las ausencias a estas alturas pesan más que las presencias y la comedia de confusiones dada en los entreveros de buenos con malos y malos con buenos, despiertan una sensación patética de incertidumbre e hilaridad. No es de ninguna manera despreciable, el llamado político del sheriff de un condado de los EUA a convocar al diálogo a los “líderes” de las representativas estructuras mafiosas de rubro directamente criminal. En anterior entrega editorial, me he permitido afirmar que ante la imposibilidad de verdaderos maxiprocesos sobre delincuentes de primer rango, debido a las complicidades blindadas con la venerable “omertá” mafiosa, se hace necesario como criterio de contención de la barbarie, la realización de megacumbres que incluyan la negociación factible en esquema de realismo político con los actores del poder: “legítimos” o “ilegítimos”, “legales” o “ilegales”, “buenos” o “malos”.

En esta realidad de política desolada, existen solamente en Ciudad Juárez, 30 mil “hijos de la violencia”; producto del desasosiego sanguinolento de una “guerra” que no lo ha sido, de un terror sistemático y perverso al que resulta prohibido llamarle “terrorismo”, de la evasión permanente de palabras malditas que asfixian con su poder ilustrativo, como es el caso emblemático de la “Mafia”. Sin duda, el peliagudo asunto no solamente puede y debe enfrentarse con mayor poder de fuego por parte de los “buenos” del guión, sino que debe ser mediado por mayores capacidades de intervención de inteligencia para reconocer los diversos sentidos de significación que están implicados en el perverso juego estratégico. Hoy, en lo que probablemente desde un punto de vista historiográfico en el futuro podrá denominarse la “etapa traumática de la transición fallida”, todos los integrantes de Ciudad Juárez y del país entero pertenecemos con trágico derecho a la Generación de los “hijos de la violencia”, expresión evocativa del Laberinto de la Soledad de nuestro héroe literario, Octavio Paz.



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