Weekly News

La opinión de:
Sergio Armendáriz
El estado del Estado

24 de agosto de 2010.

La debacle es generalizada y data de una treintena de años aproximadamente. El derrumbe tiene que ver con la conversión hacia un Estado mafioso y abiertamente generador de prebendas para la industria del narcotráfico, de hecho según los especialistas, el Estado más emblemático y poderoso en cuanto al asentamiento del tráfico de drogas; una especie de enclave siciliano en el hemisferio occidental, a partir de lo más despreciable del salinismo hecho gobierno, estructura de poder que colonizó al Estado mexicano convirtiéndolo en una plataforma de lanzamiento y distribución de diversas drogas, a través del inefable hermano incómodo, encargado de cobrar las cuotas de protección a colombianos “hermanados” con los famosos y poderosísimos cárteles mexicanos.

Un Estado que se quedó por eso lógicamente a medias, respecto a un entusiasmo inequívoco surgido de los inicios de una transición democrática genuinamente sentida por una sociedad sedienta y hambrienta de justicia; la ley reconvertida en más de lo mismo pero peor, simple simulación al servil abuso de los poderes llamados fácticos, con el agravante corrosivo de ahora carecer del envejecido autoritarismo que al menos daba alguna certidumbre en relación a la capacidad coercitiva e incluso represiva, respecto al incumplimiento flagrante de los criterios del actual parapeto político y final argucia verbal, identificado como “Estado de derecho”.

La alternancia democrática aflojó lo antiguo sin apretar lo nuevo. Faltó el proceso indispensable de profesionalización de las instituciones de la república, que permitieran continuar con fortuna el tránsito de la alternancia simple hacia la siempre compleja transición consolidada; la caminata en alta medida se detuvo a la mitad del transcurso, el analfabetismo cultural y por ende, político, lastró dolorosamente las posibilidades de realización de un horizonte democrático que haya sido como haya sido, generó en la ciudadanía un entusiasmo juvenil ante la visión de una sociedad distinta a la penetrada por la corrupción y la simulación infaltables.

Los partidos políticos convertidos en franquicias de oportunidad, degradados a elementales comités administrativos de mafiosos intereses de poder, fatalmente devinieron en los agentes primordiales del enrumbamiento hacia lo que hoy se conoce en ambientes de interpretación cada vez más extensos como Estado fallido. El perdurable y resistente corporativismo clientelista, que en México llevamos hasta la última médula de la fantasmal identidad nacional, es una verdadera constante de la conducta frustradamente republicana. Esa lógica conductual al parecer insuperable, combinada con un contexto social caracterizado por la polarización en las áreas más importantes de la vida del país, empezando por las trágicas condiciones de miseria que hieren a profundidad las posibilidades civilizadas de convivencia, agregando una problemática de educación de baja calidad también penetrada por la partidización voraz, han llevado a una situación sin salida inteligente en lo inmediato y en lo mediato.

En Ciudad Juárez, una especie de Ciudad-Estado en situación de colapso, se observa la patética conversión de una comunidad transformada en un laboratorio de la sociedad-cuartel, que amenaza con desaparecer lo que queda del diluido sueño de la metrópoli binacional con alta calidad de vida, aquella expresión institucional que el Plan Estratégico de Juárez alguna vez difundió de manera masiva a partir de su trabajo de prospección acerca del desarrollo de esta frontera, coronada con el slogan reproducido o plagiado por algunos políticos que en plena campaña gritaban su entrega al “Juárez que todos queremos”.

Hoy, el líder del Plan Estratégico de Juárez y promotor de la iniciativa de movilización social llamada “Pacto por Juárez”, Miguel Fernández Iturriza, afirma que más que vivir en un Estado de excepción, cosa ya de por sí muy grave, aún más que la indeseable excepcionalidad autoritaria militarizada, en Juárez se vive un “estado de extorsión” generalizado, asfixiante.

Sin Ley no hay “Estado” posible, sea autoritario, totalitario o democrático; con certeza, sí hay “estado” mafioso, fallido y de excepción, dinámica de extorsión del fuerte sobre el débil, preludio de la catástrofe a punto de parto.



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