Weekly News

Todos somos “colaterales”

6 de septiembre de 2010.

Ayer fui víctima de la más conocida y difundida trampa del crimen organizado: un joven me llama al celular para decirme, con la voz atropellada y asustada, que lo subieron a una camioneta. Y sí, era la voz de mi hijo. El celular pasa a manos del secuestrador: un tipo bien educado que ante todo me pide calma. ¿Qué tarjetas tiene? ¿Cuánto hay en ellas? ¿Tiene joyas y alhajas? ¿Dólares? No vaya a colgar, por su propio bien y el de su hijo. Somos Los Zetas.

Eran las 12 y media de la noche. Estaba dormido cuando sonó el celular. La voz angustiada de mi hijo me hizo saltar de la cama. ¿Dónde estaban mis anteojos? Tardé mucho en encontrarlos, a pesar de que sabía que siempre los dejo en el mismo lugar. Era la voz de mi hijo. Estaba metido en una camioneta, seguramente golpeado, lleno de terror. Y sólo yo podía salvarlo.

Tome las llaves de su coche. Dígame por qué calle está saliendo. Diríjase hacia Circuito Interior. Con calma. Todo va a salir bien si colabora. Pase un Oxxo a su mano izquierda y va a encontrar un cajero. Saque todo lo que pueda de sus tres tarjetas. Vaya diciéndome cuánto tiene y cuánto le permiten sacar. No hay prisa. Con calma.

Y sí: era la voz de mi hijo, no lo dudé un segundo. Acababa de salir de la zona delta del sueño cuando sonó el celular. La voz de mi hijo y las palabras clave: “Los Zetas”, “con calma”, “esto es un negocio”. ¿Iba a arriesgarme a que fuera una mentira? Tomé las llaves del coche, unos dólares que tenía y las tarjetas: eran la moneda de cambio por la vida de mi hijo.

Al rato había cambiado el canal: ya no estaba en una película de terror, sino en una de ciencia ficción. La voz del celular me iba guiando como si me siguiera por satélite, como si fuera una GPS que me marcaba las rutas a seguir: en el semáforo doble a la derecha hasta que llegue a un Sanborns, tome el carril de la izquierda y etcétera. De pronto, una patrulla. Voy a dejar de tener el teléfono en la oreja para no cometer una infracción. Dígame el número de la patrulla: la policía está con nosotros (no invento nada, eso dijo la voz del otro lado del celular). La patrulla dobló en la siguiente calle.

Al fin llego al punto al que me habían conducido. Para ese entonces ya tenía los pantalones mojados. Me pidió la voz que metiera el dinero en una bolsa y lo dejara en un parabús de una colonia del norte de la ciudad en la que nunca había estado.

Allí sí me estaban viendo, seguro. Sígase de frente y doble en la avenida a la izquierda. Del lado derecho se va a encontrar con un Superama. Estaciónese y cómprenos dos cargas de quinientos pesos de Telcel. El súper estaba cerrado. Mientras conducía al siguiente punto en el que podría comprar tiempo aire, la voz me dijo que eran de La Familia y que ya les urgía por regresar a Michoacán.

¿Los Zetas? ¿La Familia? Estaba tan nervioso y tan encarrilado en la situación, que no capté el engaño. Al fin, después de varios intentos (casi daban las tres de la mañana), pude comprar las tarjetas y le dicté a la voz varias veces los números de acceso al tiempo aire.

Páseme a mi hijo otra vez, he cumplido con todo y creo que tengo derecho. Sí, señor, se ha comportado a la altura. Volví a escuchar la voz de mi hijo: Ya, papá, que todo se termine. ¿Dónde lo van a dejar? No se preocupe, somos gente de palabra. Lo va a encontrar muy cerca. En cuanto cuelgue le puede llamar a su celular.

Y al fin colgó la voz y marqué el número de mi hijo. Sonó varias veces. ¿Qué onda, dónde estás? Papá, son más de las tres de la noche. Me despiertas. ¿Qué pasa?

Una vez pasado el susto, con la adrenalina al tope, colmado de solidaridad y amistad de todos mis amigos tuiteros, acogido por ellos, me reclamé haber caído en la trampa. También pensé que la voz de alguien en una situación límite se parece a todas las voces, a menos que el hijo sea un tenor o un castrati. Caí en la trampa. Pero en una trampa real: esa voz del otro lado del celular existe, tiene nombre, y apodo, por supuesto, y se dedica todos los días a hacer lo mismo, a extorsionar a los colaterales que somos todos en un país en el que su gobierno ha decidido hacer la lucha contra el crimen con una sola carta: las armas. La violencia, sin duda, llama a más violencia. ¿Y no hay más cartas qué jugar?

Sergio Fajardo fue alcalde de Medellín, Colombia, de 2004 a 2007. No provenía de la clase política, sino de la académica. Ganó limpiamente las elecciones y al terminar su mandato tuvo un índice de aceptación inusitado. Apostó su capital como gobernador a la educación y la cultura. A recobrar la ciudad. En ese poco tiempo recuperó los espacios que antes estaban en manos de los sicarios y narcos a favor de la ciudadanía. Y la gente volvió a hacer ciudad.

Construyó cuatro bibliotecas en las zonas más olvidadas, las proveyó de un acervo modesto pero bien pensado, hizo de lotes baldíos parques populares, comunicó —a través de un teleférico funcional y eficaz— a las zonas más desprotegidas. Rehizo la ciudad.

Aquí, el presidente del empleo se transformó en el presidente de la violencia. ¿Cuánta más vamos a soportar los colaterales en su diseño de país, su país? Que celebre su bicentenario, su centenario y su cumpleaños en Los Pinos, rodeado de su Estado Mayor, en paz con su familia. Pero cada vez más solito.



Descarga nuestra nueva App para iOS y Android



Comentarios



Publicidad

Compartir en redes sociales



Juarez independiente


 

Diseño de Aplicaciones Móviles