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La opinión de:
Sergio Armendáriz
La marca del amo

1 de noviembre de 2010.

Verdaderamente repugnantes los acontecimientos que se viven en la pavorosa actualidad de la urbe fronteriza en que habitamos. Lo último es la salvaje e imbécil agresión sufrida por un alumno de la UACJ en el campus de ICB de la mencionada institución de educación superior, a manos de sujetos que visten el uniforme de la Policía Federal.

Sin duda que de nada sirven los “mea culpa” fuera de tiempo, tampoco los arranques de civismo tardíos y vociferantes, dado que estos gestos no se acompañan de una comprensión autocrítica de la conducta propia.

Somos una sociedad desmovilizada producto de nuestra propia conducta servil para con una manera de concebir y ejercer el poder que nos condiciona en la vida diaria; patrimonialismo lacayuno que convierte a las instituciones tanto públicas como privadas en coto particular de caciques y facciones que de manera mafiosa –parasitaria- exprimen en tiempos específicos los dineros y los recursos que son de naturaleza social, dado que no hay capital que no se reproduzca socialmente. Por supuesto, este fenómeno es más grave en relación al patrimonio manejado por el Estado, es decir, lo que conocemos propiamente como “lo público”.

Así, por ejemplo, en nuestros medios institucionales tenemos al profesor que prioriza el servilismo al sindicato por encima del compromiso pedagógico; el obrero que vive de la entrega inmoral al líder venal de la confederación envilecida corporativamente; el burócrata que lame gustosamente los caprichos y frivolidades del jefecito en turno; el policía que entrega la cuota y por supuesto previamente la cobra para después amotinarse contra su excómplice superior; el empresario que llama a la conducta moral y engrosa su poderosa cartera negociando dineros blanqueados con organizaciones criminales; el periodista flamígero que despotrica en contra de la inmundicia social y en discreto modo lacayuno vende sus servicios para engrandecer políticos enanos; el político enano que hace mutis en cuanto a sus componendas evidentes con la mafiosidad reinante en su podrido partido; el empresario de los medios de comunicación que acepta los lucrativos mecenazgos a cambio de políticas editoriales abiertamente parciales; el padre y la madre de familia que hacen la vista gorda de hijos metidos a la pandilla mortal y así al infinito.

Vemos hacia fuera, somos ciegos hacia dentro, el problema radica en que el sistema tiene la trampa efectiva, es decir, sujeta del cogote de la nómina, el contrato, el convenio, el cebo electorero y demás especies de vínculos parasitarios, que “garrapatizan” nuestro cuerpo social. Ante semejante y gigantesca simulación, asombra que nos asombre los niveles insoportablemente pestilentes de descomposición violenta que vivimos.

La violencia en Ciudad Juárez es el síndrome macabro de una epilepsia colectiva que tiene sus raíces en la simulación hipócrita que ha sido nuestra fiel compañera desde tiempos lejanos. Hoy el cuerpo se convulsiona por el acumulado de olvidos culpables que hemos tolerado y promovido cuando pensamos que los tiempos nos favorecían en el espacio personal de un individualismo cretino. Nuestra cultura autoritaria ha parido una criatura servil, dúctil a la manipulación mezquina de la inteligencia; no nos sorprendamos del detritus acumulado en tantos años de oportunismo idiota.

El cambio no vendrá de fuera, ciertamente la sociedad está inmovilizada por ignorancia, desconfianza y todo lo que signifique repudio al engaño electorero recurrente, además también se debe reconocer que en sentido contrario a las sociedades europeas, por ejemplo, la sociedad civil juarense no siente las calles como su espacio público, dado que vive emparedada entre cuerpos militares rapiñeros y comandos armados siniestros, que son como las paredes laterales de un túnel angosto y terrorífico, sin luz inmediata.

Además, aparte del repudio absoluto a los repugnantes hechos ocurridos en contra de la autonomía física universitaria en cuerpo de un integrante activo de la misma –no abordo el sentido político o simbólico de dicha autonomía, la cual es asunto de cuestionamiento crítico aparte-, sostengo que la marca del amo es un ancestral complejo que debe ser extirpado por la inteligencia activa, afirmando a la comunicación creíble, como una forma de acción transformadora insustituible.



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