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La opinión de:
Sergio Armendáriz
Revoltosos

15 de noviembre de 2010.

Sergio Armendáriz
Octavio Paz en 1967 escribió una magistral obra llamada “Corriente Alterna”, en la cual plasma las diferencias de significado que existen entre los conceptos de “Revolución”, “Rebelión” y “Revuelta”, al respecto el Nobel mexicano de Literatura asumía que “...Las diferencias entre el revoltoso, el rebelde y el revolucionario son muy marcadas. El primero es un espíritu insatisfecho e intrigante, que siembra la confusión; el segundo es aquel que se levanta contra la autoridad, el desobediente o indócil; el revolucionario es el que procura el cambio violento de las instituciones. Las minorías son rebeldes; las mayorías, revolucionarias. Aunque el origen de revolución sea el mismo que el de revuelta (volvere: rodar, enrollar, desenrollar) y aunque ambas signifiquen regreso, la primera es estirpe filosófica y astronómica: vuelta de los astros y planetas a su punto de partida, movimiento de rotación en torno a un eje, ronda de las estaciones y las eras históricas.

En revolución las ideas de regreso y movimiento se funden en la de orden; en revuelta esas mismas ideas denotan desorden. Así, revuelta no implica ninguna visión cosmogónica o histórica: es el presente caótico o tumultuoso. Para que la revuelta cese de ser alboroto y ascienda a la historia propiamente dicha debe transformarse en revolución.

Lo mismo sucede con rebelión: los actos del rebelde, por más osados que sean, son gestos estériles si no se apoyan en una doctrina revolucionaria. Desde fines del siglo XVlll la palabra cardinal de la tríada es revolución. Ungida por la luz de la idea, es filosofía en acción, crítica convertida en acto, violencia lúcida.

Popular como la revuelta y generosa como la rebelión, las engloba y las guía. La revuelta es la violencia del pueblo; la rebelión, la sublevación solitaria o minoritaria; ambas son espontáneas y ciegas. La revolución es flexión y espontaneidad: una ciencia y un arte...”

A partir de los extraordinarios planteamientos de Paz, es viable asumir a estas alturas del centenario de la Revolución Mexicana, el hecho concreto de una especie de desfiguración del motivo y la trama del acontecimiento social que fracturó a la sociedad mexicana a inicios del siglo pasado.

Hoy, se puede afirmar categóricamente que la justicia social como propósito axial del sacudimiento revolucionario se perdió en la brutal estadística que nos remite al hecho pavoroso de la existencia de 50 millones de pobres en México. En lo específico, Ciudad Juárez, emblemática para el movimiento revolucionario iniciado en 1910, es hoy un espectro lamentable de lo que en algún momento se soñó como República con crecimiento, desarrollo y justicia social; miseria urbana, violencia desenfrenada, malos gobiernos, rezagos patéticos, administraciones corruptas e imbecilmente voraces, reflejan una antirrevolución enseñoreada sobre un viejo y orgulloso sueño caído en la desgracia de un cinismo incontenible. Sintomático de lo anterior, característico del desencanto final del sueño revolucionario desmoronado, es el hecho insólito de la realización del “festejo” de la efeméride en otro dulce “puentecito” escolar y demás, “celebrándose” en el día 15 de Noviembre, como homenaje a nuestra fabulosa arquitectura del calendario cívico nacional.

Hoy, Ciudad Juárez se amanece con un festejo insensible, a pesar de la muy buena iniciativa del Museo de la Revolución de la Frontera, próximo a inaugurarse, la conciencia revolucionaria no acaba de prender a fondo en la inteligencia cívica del fronterizo, por el contrario, se observa la disolución de lo que alguna vez concitó un estado al menos de entusiasmo por la identidad.

Es tal la circunstancia, que se puede percibir una regresión institucional en lo que Octavio Paz definió como diferencias entre los fenómenos revolucionario, de rebeldía y de revuelta, contemplados líneas arriba. Hemos hecho de la Revolución un escenario de revoltosos, a partir del extravío del sentido y función de las instituciones emanadas de ella, de la disolución de un Estado que galopa en el lúgubre corcel de lo fallido y la excepción. Una imagen final, el rostro actual de la Revolución Mexicana se semeja a la masa tumefacta del boxeador mexicano Antonio Margarito, lastimosa y recientemente vapuleado por la acción del eterno extranjero burlador de la soberana patria.



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