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La opinión de: Sergio Armendáriz
Historias de alcoba

6 de diciembre de 2010.

El poder tiene sin duda historias vergonzantes que ocultar, miedos profundos que lo obligan a manejar discrecionalmente la información estratégica que lo involucra en asuntos públicos manipulados con criterios particulares o abiertamente patrimonialistas. Apabullante el esquema de revelaciones de la famosísima página de WikiLeaks, poniendo al desnudo secretos del más poderoso poder político que existe sobre la tierra.

Es más que obvio que una barbaridad de tinta ha corrido y corre acerca de un tema que acapara la atención mediática mundial en toda escala, sin embargo, bien vale la pena enfocar en contexto y proporción la importancia descomunal de lo acontecido.

El poder político se ampara en la opacidad, las grandes decisiones emergen de los arreglos en la oscuridad, o como lo expresa mejor el lenguaje coloquial, “arreglos en lo oscurito”. Ahí, en esa zona de intercambio de información, comunicación y toma de decisión, se gestan los acuerdos de cúpula que determinan los rumbos de desarrollo o degradación de comunidades enteras, incluso el orbe mundial, tal como lo estamos observando. El clóset del poder político está repleto de historias censuradas y quizá censurables, por eso lo que está ocurriendo con el fenómeno WikiLeaks, resulta demoledoramente trascendente.

El mundo de la tecnología informática derrumba gradual y decisivamente el universo cerrado del viejo “secreto de Estado”, es inevitable y a pesar de que aun existen entidades estatales y regímenes enclaustrados, la tendencia liberal los acorrala y con certeza terminará por penetrarlos.

Vivimos todos en un escenario que cuenta con una atmósfera de información mediática que deja en exposición prácticamente total a los flujos de comunicación que circulan por las diversas redes o circuitos de información, tanto que el debate ya no es precisamente centrable en los mecanismos de protección o censura efectivos habidos y por haber, sino más bien en los niveles de inteligencia y confianza que desean compartirse con los distintos interlocutores que por cientos de miles o millones se vinculan en la autopista del Internet.

En aldeas electrónicas más pequeñas, tal como puede considerarse a Ciudad Juárez, es indispensable generar conciencia e inteligencia en torno a la disponibilidad informática de los acuerdos del poder político y la interrelación de sus actores principales; la condición “publicable” de lo que tiene calidad de “público” debe establecerse como una disputa legítima y permanente a través de la cual el proceso democrático avanza a contracorriente de los intereses discrecionales de una clase política que finca su dominación en el manipuleo selectivo de una información que impacta y afecta a los intereses sociales, históricos e institucionales.

Basta acudir a la memoria viva de lo aconteciendo y que se relaciona al caso tristemente célebre del transporte semimasivo; documentos calificados, dolosamente encubiertos, cobijo vergonzoso y repugnante de una información con vestigio documental que agravia la inteligencia de una ciudadanía lastimada por todos los flancos posibles. Es increíble que los gobiernos o administraciones públicas todavía pretendan comportarse ante la ciudadanía de la globalización como el tirano en relación a sus súbditos.

Es intolerable la sola idea de suponer que exista una especie odiosa de feudalismo informativo establecido por las castas del poder político.

Por el contrario, el liberalismo mercantil de las tecnologías de la información terminará por jalar la implantación del régimen democrático, sin importar a final de cuentas si se cuenta o no con la aquiescencia de los gobernantes en turno.

El ariete representado por el fenómeno WikiLeaks, servirá como emblema de lo que se asoma en el horizonte de un verdadero parteaguas de la democracia del tiempo globalizado, los escándalos íntimos de las alcobas o entretelones de la política, serán desnudados en la opinión pública, emergiendo un sistema informativo y simbólico que devastará cualquier intento de pensar en los candados de la secrecía.

Sobreviene una época de lo que pudiera llamarse a pesar de una aparente ingenuidad, el repunte de la ética en lo político, no por voluntad del poder tradicional, sino por la exposición a la intemperie mediática e informática del peor de los temores del dominador: el desnudo de su intimidad perversa.



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