Weekly News

Sexoservidoras veteranas padecen escasez de trabajo

8 de enero de 2011.

Un grupo de prostitutas de edad avanzada aún ofrece sus servicios en el Centro de la Ciudad de México, cerca de Palacio Nacional, pero cada vez hay menos clientes. Hay días en que nada. Ni siquiera para comer. Aun así deambulan como autómatas.

—Dicen que por allá estaban regalando comida —explica una de ellas a su amiga Maclovia, quien la saluda en la calle de Academia.

—¿Dónde?

—Por allá.

Y Maclovia no ve nada.

La mujer insiste.

—Mire —la interrumpe Maclovia y presenta a la mujer de piel cobriza—, ella es una de las compañeras que trabaja en esta zona. Pregúntele cómo le va.

—¿Y qué tal la chamba?

—Ya ni saco para el pasaje. Andamos camine y camine y no hay nada. Ni un cliente. No me he persignado.

La respuesta proviene de una mujer cuyas piernas zambas no dejan de moverse, al mismo tiempo que clava la mirada en alguna parte que sólo ella lograr observar. Trae el rimel derretido en sus ojeras, sobre cuyos bordes deslizó la punta roma de un lápiz negro. La mujer insiste en dirigir su índice, quizá hacia un punto concreto, entre el montón de consumidores que a brincos avanza sobre la banqueta. Le interesa mostrar la zona donde supuestamente reparten comida.

Pero se le interrumpe.

—¿A qué edad empezó?

—A los 14 años y acabo de cumplir 41; tengo cuatro niños, pero ni siquiera sale para el pasaje.

La patizamba cruza palabras con Maclovia, quien también practica de vez en cuando el oficio y realiza labor social entre sus compañeras.

Es Maclovia la guerrera, así autodenominada. Cuando era joven fue contratada en Cuautla, Morelos, pero fue plagiada por explotadores sexuales. Un cliente la ayudó a escapar.

***

Un día de 1961, cuando frisaba los 11 años, Maclovia decidió salir de su casa, en Puebla, y partió hacia el Distrito Federal. Llegó a una terminal de autobuses, cerca de Anillo de Circunvalación y próxima a Palacio Nacional. A los 14, las circunstancias la empujaron a prostituirse.

Con los recuerdos a cuestas, 48 años después, se detiene en la calle de Academia y alza la mirada en el tramo donde estaba el hotelucho donde se hospedó, allá por los 70, y trata de reprimir el llanto, pero le brotan lágrimas que resbalan por sus mejillas apergaminadas, pues recuerda las batidas en su contra.

Y guarda silencio.

Exhala hondo.

Ríe y trata de taparse la boca para ocultar su dentadura, pero no logra tapar a tiempo la ausencia de dos dientes, que simulan dos ventanitas; luego, desesperada, busca una servilleta para limpiarse.

Los recuerdos retroceden. Pasaron los años. Maclovia ya no quería prostituirse. En los 80 viajó a Tijuana, Baja California, y trabajó como fotógrafa ambulante en cafés, iglesias, parques y otros lugares. La acogió una ciudad generosa. Lideró un grupo de colonos. Fundó una zona habitacional y ayudó a construir una escuela primaria en la colonia Camino Verde.

Vendió chicles. Ganaba 50 dólares por día. En 1988 regresó de vacaciones al DF y encontró a su amiga Ángela, quien le dijo: “Fíjate que las razias continúan contra las prostitutas”.

Maclovia sufrió persecuciones y estaba convencida de que los gobiernos priistas continuaban en esa dirección. “No puedo regresar”, le dijo a su amiga, quien le dio el domicilio y el número telefónico de una asociación, Humanos del Mundo contra el Sida.



Descarga nuestra nueva App para iOS y Android



Comentarios



Publicidad

Compartir en redes sociales



Juarez independiente


 

Diseño de Aplicaciones Móviles